miércoles, 3 de enero de 2018

Reflexiones sobre mi participación en el I Encuentro de Literatura Fantástica y de Ciencia Ficción


El día 15 de noviembre de 2017, Emilio y yo participamos como ponentes en el I Encuentro de Literatura Fantástica y de Ciencia Ficción, organizado conjuntamente por Letras de Chile, la Universidad de Chile y la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Tanto en la víspera como en los días que siguieron a la realización del evento, descubrí con sorpresa que muchos escritores y lectores habían reconocido la existencia de este encuentro, habían asistido por lo menos a una mesa y que, en algunos casos, habían escrito sobre ella en sus blogs o en sus redes sociales. Esto me llevó a pensar que podía hacer lo propio aquí, más que nada para permitirme desarrollar algunas reflexiones que había esbozado a propósito de nuestra participación. Tampoco creo que estas reflexiones a posteriori importen a alguien, pero me permiten registrar una experiencia y, sobre todo, un estado de la cosa, bajo mi percepción personal.

Partiendo por el comienzo más temprano, debo confesar que, tan pronto recibí la convocatoria, me sorprendí mucho por el alcance que pretendía el encuentro a través de la coletilla “internacional”. Que yo supiera, nunca se había organizado algo así en nuestro país, cuando en otros países hispanoparlantes ya era una suerte de pequeña tradición, así que en principio todo parecía promisorio. Sin embargo, hubo un detalle inicial que mantuvo mi pesimismo natural: el cartel de difusión. ¿Cuál era su problema? Ninguno, realmente. Por cierto que me parecía bastante más agradable a la vista que otros carteles de eventos académicos, pero mis reparos no iban por el diseño, sino por el mensaje que se transmitía a través de él.

El cartel, como pueden ver al inicio de la entrada, representa como figura protagónica una criatura cthulhulienta. Por supuesto, por razones que no termino de compartir, la gente idolatra a Lovecraft y a su Cthulhu. En ese sentido, la ilustración representaba un interés popular, casi masivo, en la comunidad amante de la literatura de género, lo que probablemente apuntaba a derrumbar el prejuicio de que esta literatura es un gusto minoritario, acorralado. Pero este interés, al mismo tiempo, ha sido la ruina en la promoción de otras estéticas de la imaginación, por su casi imbatible hegemonía en los medios. En otras palabras, la criatura cthulhulienta orillaba los múltiples alcances que podía alcanzar ese concepto aún tan confuso de “literatura fantástica” hacia aquello que tradicionalmente se yergue como su única acepción validada: lo fantástico.

Es decir, estábamos ante el mismo problema de siempre.

Pensando que esta lectura podía ser solo una paranoia mía, me volví hacia los ejes temáticos propuestos… y mis sospechas se confirmaron. Adjunto la lista completa a continuación.

Fuente.

Destaca en estos ejes el pretendido equilibrio entre fantástico y ciencia ficción y los diferentes enfoques sugeridos. Pero destaca también, en un sentido negativo, la inexplicable inclusión de la Fantasía bajo el eje menos lógico: el de la ciencia ficción. ¿Por qué, cómo? ¿En qué sentido podría considerársela un “género limítrofe” o un subgénero de la CF, si el desarrollo de ambas literaturas surge de manera muy diferenciada, por contextos y motivaciones estéticas distintivas? 

Por lo demás, destaca igualmente el uso del término “fantasy”. Nunca me he dedicado a rastrear esta conceptualización, pero hasta ahora la referencia más antigua que conozco es la de la traducción de la obra de Rosemary Jackson, Fantasy: literatura y subversión (1986), en una editorial argentina. Como sabemos, en Argentina se le llama fantasy a la Fantasía, y aun cuando ese término es lo bastante explícito como para ¡al fin! dejar claro que se trata de uno distinto a lo fantástico, no termina de convencerme. Usar un término en inglés para un tipo de literatura en perpetuo asedio por los localistas anglofóbicos no parece la mejor idea para promoverla. Por otro lado, la preferencia por un concepto en inglés también podría tender a invisibilizar toda obra de Fantasía que no haya sido escrita originalmente en aquella lengua, algo inaceptable.


Mi desconcierto al ver los ejes temáticos
y sentir que no calzaba en ninguna parte.
(Dramatización)
En fin, perpleja ante lo que había descubierto, me animé a escribirle al comité organizador. Desde luego que tenía intención de participar del encuentro, pero bajo semejantes ejes no tenía ninguna posibilidad. Mis lecturas, mis estudios y los modelos teóricos a los que adscribo jamás habían siquiera considerado que la Fantasía podía ser un tipo de ciencia ficción. Por fortuna, el comité despejó amablemente mis dudas de participación, en el sentido de que los ejes solo eran orientadores, y no desestimó el planteamiento inicial de una propuesta centrada solo en Fantasía.

Así fue como Emilio y yo enviamos nuestro resumen, el que fue aceptado. La ponencia que preparamos, titulada “Rescatando a la hermana olvidada: la fantasía bajo el dominio de la ciencia ficción y lo fantástico”, sería una síntesis teórica de algunos de los aspectos más importantes que habíamos ido conociendo, estudiando y analizando de la Fantasía como estética literaria a lo largo de los años que llevamos amándola. Abarcamos orígenes, propiedades estéticas, distinciones literarias respecto de lo fantástico y algunas proyecciones sobre su estado invisibilizado tanto por la institución académica latinoamericana como por el propio fandom. 

Como siempre, preparamos en paralelo una exposición de diapositivas, con esquemas y punteos, y dividimos nuestras intervenciones según nuestro trabajo en una u otra área, con algunos diálogos planificados. Esta preparación me parece sumamente importante, pues he asistido a unas cuentas ponencias en mi vida académica y me he aburrido mucho en casi todas. Aun en aquellas que de verdad me interesaban, me costaba retener la atención durante toda la lectura. Ese, precisamente, creo que es el problema: que la gente lleve su texto a leer durante veinte minutos (y por lo general más: hay que ver lo poco que le importa a muchos académicos tomarse el tiempo antes de presentarse). Textos, además, escritos como artículos o informes académicos, es decir, con oraciones largas y plagadas de subordinadas, muchos conceptos específicos por doquier, citas incrustadas que no son introducidas de ninguna forma, etcétera. Y eso sin considerar aspectos paraverbales como el tono o timbre de la voz, su volumen o dicción. 

Como yo leo pésimo en voz alta y mi voz de lectura es casi un murmullo, me acostumbré tempranamente a preparar exposiciones orales con apoyo visual siempre que pudiera (o alcanzara). Como además mis trabajos solían ser para minorías y no para seguidores de la academia normie, sentía que podía tomarme más libertades para acercar mi exposición a una clase algo más dinámica en lugar de una lectura sin emoción, para los mismos tres o cuatro entendidos. Si el público asistente ha acudido a aprender y no por compromiso o inercia, esta parece ser de las mejores opciones.

Esa fue, justamente, nuestra experiencia. 

La Fantasía no es una literatura nueva, pero su interés académico sí es bastante reciente, y en Chile podríamos decir que en parte surgió con lo que nosotros tanteamos en Fantasía Austral. Con la desintegración del colectivo, actualmente los únicos que trabajamos de manera exclusiva con ella parecemos ser Emilio y yo, ambos ya muy apartados de mundillos, fandoms y de gente en general. 

Bajo ese contexto, no sabíamos con qué tipo de público nos encontraríamos. Participaciones anteriores en conversatorios nos habían supuesto gratas sorpresas, pero cada exposición es una aventura en sí misma, y ya sabemos que no todas las aventuras salen bien. Pero un primer indicio positivo fue lo mucho que disfruté hablando de lo que amo con alguien que también lo ama. Un amor triple, como la Trifuerza. La gente puede ser muy receptiva cuando percibe que lo que estás exponiendo es algo que amas y no tu trabajo o tu compromiso. Es más, la gente común no está obsesionada con amarguras propias de la academia, como las problematizaciones, las tensiones o "negarse a seguir el diseño del texto". A veces hay que entender que uno no ocupa un espacio académico para introducir problemas, sino para continuar compartiendo una lectura que en un principio se hizo por amor, para darla a conocer. Y en el caso de la Fantasía, cuando ni siquiera se tiene claro qué es, ¿qué se va a problematizar? Hay que partir por las raíces, vaya...

Bueno, en general, los asistentes resultaron muy interesados, planteando preguntas muy buenas al final de la exposición y que daban pie para sabrosas digresiones (por ejemplo, mi recomendación excesivamente entusiasta de Jonathan Strange & el Señor Norrell). Algunas de ellas, de hecho, daban cuenta de que habían estado atentos a nuestras palabras, con lo que nuestra metodología se validó como efectiva. Era este un público muy heterogéneo, por lo que comprendimos al final de nuestra intervención, desde estudiantes de letras a gente que deseaba estudiar esa licenciatura (¡Pobres! Ojalá sobrevivan a la dictadura del realismo), desde estudiantes de diseño con un interés fabuloso por la ropa y su potencial en la Fantasía a lectores casuales, críticos o especializados. Pero todos compartían algo: era un público que no necesariamente sabía tanto sobre la Fantasía misma, pero tenía la voluntad de conocer, descubrir y explorar más. Espero sinceramente que nuestra exposición les haya gustado tanto como pareció, y que ojalá abra nuevos derroteros en sus intereses y amores ya conocidos.

Ahora van algunas críticas específicas de la experiencia, que surgieron a partir de reflexiones durante y tras la exposición.

Para empezar, el título de nuestra ponencia resultó tristemente acertado, considerando que, de las sesenta ponencias en programa, el único trabajo de Fantasía que finalmente se expuso fue el nuestro. Desde luego, en nuestra mesa había más trabajos, pero terminamos llegando solo Emilio y yo y una ponente argentina, que por alguna extraña razón fue asignada a nuestra mesa a pesar de que su ponencia se centraba claramente en lo fantástico, con visos de maravilloso. El resto de las propuestas, una dedicada a la figura del dragón y otra a la magia simpática en la obra de Patrick Rothfuss, no se expusieron, la primera porque se eliminó del programa definitivo y la segunda porque la ponente, al parecer, no pudo asistir por motivos de enfermedad. Es decir, si nosotros no llegamos, ¡la Fantasía se queda sin voz, nada menos que en el I Encuentro de Literatura Fantástica y de Ciencia Ficción de Chile!

Podríamos plantear en principio que esto pudo deberse a la estrechez de los ejes temáticos propuestos, pero la presencia inicial de estas otras ponencias temáticas da cuenta de que esto no tendría por qué haber sido una barrera real. Vamos, yo escribí preguntando si era válido mi enfoque. ¿Qué pasa, entonces? Parte de los problemas que detecto los expuse en la propia ponencia (espero desarrollarlos por escrito más adelante), pero también creo que está bien hacerle más caso a las intuiciones y corazonadas, y lo que dicen las mías, a propósito de años en este circo, es que simplemente, y contrario a lo que se piensa por su éxito mercantil, la Fantasía no interesa como expresión literaria, y menos su pensamiento crítico. 

Una prueba de ello es que ningún escritor chileno publicado de Fantasía (o al menos ninguno que yo reconociera) asistió a la mesa de Fantasía, en circunstancias de que al menos algunos sí se hicieron presentes en el ciclo de lecturas, paralelo al evento académico, para compartir sus textos y hablar de sí mismos. En cambio, otros escritores, de lo fantástico y ciencia ficción, asistieron a ambas instancias. Insisto: ¿qué pasa? Si la Fantasía no interesa realmente, o no tanto como sus estéticas hermanas, ¿por qué? ¿De dónde viene esta indiferencia a la expresión superior de la imaginación y a todo lo que ella implica, además de escribirla como ficción y venderla? ¿Y qué es entonces lo que busca la gente que hoy está escribiendo y publicando Fantasía en Chile, además de vender sus libros? Como autora, nunca he podido entender la disociación entre pensamiento y escritura literaria. ¿No necesitas pensar tu arte para escribir?

Todas estas preguntas son demasiado complejas como para responderlas aquí, pero quedan apuntadas.

Otro aspecto criticable, pero a la vez comprensible dada la organización de las mesas, es que la única mesa de Fantasía solo se llamaba así. Bueno, no: se llamaba “Fantasy”. A lo que voy a es que, si echamos un vistazo al programa, todas las otras mesas llevan nombres explicativos, que detallen el enfoque discursivo o temático de las ponencias incluidas. No son nunca “Literatura fantástica” o “Ciencia ficción” a secas, sino acopladas con teorías de género, narrativa gráfica o intermedialidades. Otras manifestaciones son aquellas que refieren a una acotación territorial o geopolítica, o a la especialización de un autor en particular. ¿Por qué la Fantasía aparece sola?

Me aventuro a plantear que, en principio y en general, es porque aún no se la conoce ni se la entiende muy bien. Si no conocemos los rudimentos de una expresión literaria, no estamos al tanto de sus alcances o potencialidades de estudio o análisis. Desde luego, si la contemplamos como un subgénero de la ciencia ficción, no es mucho lo podría abordarse de ella como literatura autónoma. Por otra parte, al no existir un eje temático específico para ella, las pocas ponencias que sí apuntaban a la Fantasía resultaron muy variadas: la nuestra, eminentemente teórica; la del dragón, centrada en el análisis de una figura simbólica; y la de la magia simpática, centrada en el trabajo de un autor concreto. ¿Qué es lo que comparten todas? Claro, que hablan de la Fantasía…

Desde luego que esto es un problema. No solo se produce una invisibilización de la Fantasía misma como concepto, sino de sus ingentes y variados reinos. ¿No habría sido aquella una excelente oportunidad para presentar expresiones de la Fantasía alejadas de la épica, por ejemplo? ¿O para abordar la Fantasía infantojuvenil que llega camufladamente a los planes lectores, grandes obras perdidas por la impericia docente y del propio curriculum? ¡Y qué pasa con el cuento de hadas moderno! ¿No es también una expresión imaginativa? ¿Por qué, al momento de hablar de “fantasía”, pensamos primero en Cthulhu antes que en los cuentos de Andersen?

¿Y qué es de la aún incipiente Fantasía nacional? ¿Es que a nadie le interesa realizar lecturas comparadas o de close-reading de los trabajos de autores contemporáneos como Alberto Rojas, J.L Flores, Camila Valenzuela o Alejandro S. D’Alessandri? A mí, que abjuré de trabajar o escribir de la producción chilena por malas experiencias, no, pero ¿y los demás? Apoyar a un autor no es solo comprarse su libro, sacarse fotos con él o hacerle una videoreseña. ¿Dónde están aquellos artículos, aquellas ponencias responsables y rigurosas que ayuden al escritor a ver de una forma nueva su propia obra, sin atentar contra ella? 

¡Pues no están! 

O no todavía, bajo una postura optimista.

¿Qué proyecciones podrían hacerse a la experiencia del encuentro, en torno a lo que me importa? No estoy segura. Estoy muy contenta con nuestro trabajo y con la buena recepción del público, pero eché en falta más compañeros de viaje, como siempre. En realidad, espero el día en que deje de preguntarme por qué la gente tiene resistencia hacia la imaginación y simplemente lo asuma como un escollo más en mi relación con otros seres humanos, algo de naturaleza invariable y que no me corresponde a mí subsanar.

¿Cambiarán las cosas a futuro, para mejor? Insisto: eso es demasiado optimista para mí. Claro que el hecho de que siga habiendo eventos de este tipo en el tiempo es una ganancia incuestionable, pero si la Fantasía continúa quedándose atrás, me temo que no es la ganancia que verdaderamente me importa. Y claro que nosotros podemos seguir trabajando, pero necesitamos más gente. Gente, en todo caso, que desarrolle un interés real y que no participe en esto solo para hacerse conocido, vender libros o hacerle la pelota a los amigos escritores de los que pueda obtener beneficios personales. Gente que entienda lo que es el acento de Faërie y no diga que cualquier texto no mimético es Fantasía.

La Fantasía, como apunté al empezar nuestra exposición, es la periferia de la periferia. Si algo he aprendido estos últimos dos años, es que muchas veces lo que parece una primera periferia solo lo es porque ha sido desplazada por lo hegemónico, no porque sea realmente distinta en valores. Muchas de esas periferias solo pretenden arrebatarle el poder a lo hegemónico y suplantarlo. Eso explica, por ejemplo, el auge de los “ñoños” como seres ahora validados en la sociedad, revelándose como personas tan anodinas como los “populares” de siempre. Y explica también la repugnante popularidad de la Fantasía más mainstream, porque buena parte de ella va a contracorriente de su ética. Pero la verdadera Fantasía sigue como un tesoro oculto, invisible a veces incluso para los ojos que sabrían aquilatar su valor.

Nuestros esfuerzos tienen que ver con la visibilización de la Fantasía, es decir, el acto de conjurarla en un espacio en el que antes no tenía cabida, o cabida subterránea. El acto de hacerla visible, presente, existente, a fin de que la gente que tenga la afinidad necesaria y que había sido apartada de ella pueda llegar a sus costas. Por eso nos animamos a participar de este encuentro, y agradecemos sinceramente la oportunidad a pesar de estos reparos, que deben entenderse como dolores. ¡Habiendo tanto por hacer, se hace tan poco, y tan pocos notan esa escasez…! A tan pocos les importa siquiera esa escasez...

Si conseguimos plantar alguna semilla de curiosidad imaginativa en nuestra exposición, una que pueda crecer como un brote en esta línea, está por verse. Quizá algo de eso veamos en algún segundo encuentro, si llegara a gestionarse. Espero poder participar de ese también, si tengo la disponibilidad y si aceptaran mi nueva propuesta. Quizá entonces podamos postular una mesa entera de Fantasía, o más de una. O quizá todo esto no sea sino un preámbulo para que nos motivemos a organizar un eventual encuentro exclusivo de Fantasía, con ejes verdaderamente específicos e inéditos, felizmente sin ciencia ficción y sin lo fantástico. ¿Llegaría alguien a la convocatoria? Misterio absoluto. Los happy few, como indica el mote, somos pocos. Pero tenemos voces, y las voces pueden crear mundos imposibles. ¡Qué nos van a contar a nosotros de eso…!

Con estas reflexiones cierro este testimonio, que termina en el mismo lugar en el que comencé, pero con una mirada distinta de lo que me rodea. Como una buena lectura de Fantasía. Porque pensar y leer Fantasía son dos caras de esa moneda única que es la escritura.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Mis lecturas destacadas de Fantasía de 2017




Buscando retomar la actividad siempre esporádica de este espacio en el último tiempo, se me ocurrió escribir un tipo de entrada muy común en esta época del año y en la que ya había incursionado en 2015: la de mejores lecturas (o historias leídas) del año. En mi caso, esto correspondería a aquellas obras literarias de Fantasía que leí por primera vez este 2017 y que me gustaron muchísimo.  

Viendo mi listado del año en Goodreads, caí en la cuenta de que tenía por lo menos 8 títulos que podía incluir, todos muy variados temática y estilísticamente. Por lo mismo, quise añadir comentarios de por qué estos libros me habían llamado la atención. Así, por un lado, podría convertir mi experiencia lectora en recomendaciones para lectores que pudieran apreciarlas; por otro, me serviría para dejarme a mí misma un testimonio de que, a pesar de lo duro y ocupado que fue 2017, leí bastantes obras valiosas que me hicieron más feliz (naturalmente, ésta es la razón principal).

Por supuesto, a diferencia de otras listas similares, cada elección tiene una explicación extendida de por qué cada obra me resultó destacada. En algunos casos, he enlazado también documentos en los que he profundizado en más detalle en algunos aspectos del autor o de la obra.




Fantasía hispanoamericana



 Todos mis cuentos, de Ana María Matute


Lumen, 2001. España.

Ana María Matute, más asociada al realismo de la posguerra española, tenía una poderosa veta de Fantasía. No resulta extraño que ésta se explore ante todo desde la literatura infantil, pues la autora siempre defendió la infancia como el corazón de lo humano, ahondando en sus complicaciones como un pasaje no solo formativo o temprano de la vida, sino también esencial, casi el destino al que debiéramos regresar al final de nuestra adultez.  

Este enfoque puede apreciarse con gran nitidez en esta recopilación de sus cuentos infantiles, que en realidad podríamos denominar como cuentos de hadas contemporáneos, para todo lector que aún recuerde las tristezas y alegrías de su niñez. Escritos con una prosa bellísima, llena de lirismo y profundo entendimiento de la sensibilidad de sus infantes protagonistas, este libro ilustrado es una verdadera joya para los pequeños huérfanos de Andersen o Grimm.  

En tiempos en los que todo lo que remita a cuento de hadas despierta un virulento rechazo de parte de aquellos que odian la imaginación, o bien, una bobalicona admiración que se queda en sus elementos más superficiales, Todos mis cuentos es casi una declaración de principios atemporal: el cuento de hadas contemporáneo es también literatura, y en sus raíces resuenan los ecos de toda una tradición maravillosa.  


~He profundizado más en esta obra en este artículo.~



Historias del camino, de Mariela González

Kelonia, 2016. España.


Tras mi lectura de su juvenilia reescrita, Heredero del invierno, llegué a la más reciente novela de mi amiga Mariela. Tenía mucha curiosidad por descubrir el tono de esta nueva historia, aparentemente mucho más ambiciosa que la anterior, y me topé con una grata sorpresa.  

Historias del camino, como el nombre sugiere, es el recorrido de vida del mensajero Keith el Cojo y de las aventuras con las que se encuentra en sus misiones. La obra está dividida en cuatro partes; cada una plantea una aventura distinta, aunque ordenadas todas de manera cronológica, lo que nos permite apreciar el crecimiento de los personajes principales y la forma en que se van estrechando sus relaciones.  

Me fue inevitable pensar en un buen anime clásico mientras leía este libro, y no porque necesariamente haya una presencia explícita de algunos elementos narrativos propios de esta forma de ficción. Más bien, fue por esa sensación de íntimo cariño que vamos desarrollando hacia los personajes y sus peripecias. Algo que, en los últimos años, no he podido encontrar con facilidad en la literatura. Lo mismo cabe señalar respecto al amor que he hallado aquí por dos rasgos característicos de la Fantasía más conservadora: el viaje y la aventura, y todo lo que les pasa a nuestros exploradores en estos caminos. Keith es un protagonista entrañable, de esos que intentan hacer lo correcto a pesar de los tropiezos, y Ravza, la coprotagonista, una mujer muy atrayente como personaje, que destaca tanto por sus sombras como por sus luces.  

Por último, quisiera destacar el lenguaje de la novela. El estilo de Mariela es rico, cadencioso, con una densidad léxica muy bien controlada. Leer la obra es como viajar también, a nuestro modo. ¿Qué más quisiera pedirle a la Fantasía ahora sino eso? Un viaje de múltiples dimensiones, claro, y una nueva amiga con la que recorrer algunas de ellas. 


~He profundizado más en la obra de la autora en este artículo (página 69).



El dragón blanco y otros personajes olvidados
de Adolfo Córdova

Fondo de Cultura Económica, 2016. México.


Adolfo Córdova es el autor de uno de los mejores blogs de literatura infantil y juvenil de Hispanoamérica, y mi favorito personal: Linternas y bosques. He sido durante mucho tiempo una lectora silenciosa de aquel sitio, y a lo largo de los años desarrollé la sospecha de que Adolfo podría ser uno de los nuestros, debido al amor inconfundible que le profesaba hacia algunas obras imaginativas de las que escribía. Por ello, cuando se anunció el flamante lanzamiento de su primera colección de cuentos, basados estos en la recreación de personajes secundarios de cuentos maravillosos varios, me sentí muy emocionada.  

Su lectura me reveló a un nuevo escritor de Fantasía hispanoamericano al que prestarle atención. El dragón blanco es un libro precioso, que evidencia un profundo sentido de respeto por las historias con las que seguramente creció el autor, a la vez que exhibe aquella curiosidad creadora por explorar los intersticios de las obras originales. “¿Qué hubiera pasado si…?” parece ser la pregunta que conduce estos bellos cuentos, o esta otra: “¿Y qué pasó después de…?”.  

Se le ha criticado mucho a la Fantasía su tendencia a la fotocopia de las grandes obras, sin rozar siquiera su genialidad; pues bien, he aquí un trabajo que traza un camino acertado: el de la reescritura. Pero no una reescritura de patéticos afanes satíricos, sino una que nace de una inquietud muchísimo más honesta, valiosa e importante: el amor a estas historias de Fantasía. 

Seguramente, no verán con frecuencia la palabra “Fantasía” asociada a esta antología, sino a través de mis propios textos en los que hable de la obra. Los cuentos de Adolfo son, por cierto, cuentos de hadas, y ya sabemos que existe una frontera entre estos y la Fantasía propiamente tal. Pero silenciar este nombre es silenciar también su componente imaginativo. Tengo la remota esperanza de que, así como El dragón blanco... resultó ser un libro muy premiado, su existencia ayude a la academia hispanoamericana de la LIJ a despercudirse de sus prejuicios estúpidos y al fin celebrar la imaginación en la literatura.  


~He profundizado más en esta obra en este artículo (página 12).~ 



Auliya, de Verónica Murguía

Era, 1997. México.

¿Cómo hablar de Fantasía en Hispanoamérica y no mencionar el trabajo de Verónica, la mejor escritora de esta estética en nuestras tierras? Sí: ella, a mi juicio, y no Bodoc, que también me gusta mucho. Me ha parecido fundamental descubrir una Fantasía latinoamericana escrita desde el medioevo europeo, sin complejos de culpa ni justificaciones por no estar hablando de nuestro supuesto aquí y ahora. Porque los reinos que amamos en nuestra infancia y juventud, pertenezcan a la cultura que pertenezcan, son nuestra verdadera patria. Nuestro único mundo. Verónica, con su afinado estilo y su profundo entendimiento del sentido de la Fantasía, sanó mi percepción de los mundos imaginarios de inspiración medieval y las historias que pueden contarse en ellos. Solo por eso ya fue una autora a la que quise seguirle la pista. 

Auliya, sin embargo, se desplaza hacia los arenosos territorios del Medio Oriente medieval para contar la historia de la protagonista del título, una joven con dones mágicos que sale en busca del mar (¡Eh!) tras abrir su corazón por primera vez al amor. El viaje de Auliya, sin embargo, parece contar con el desplazamiento geográfico casi como un correlato de la verdadera travesía: la espiritual. Incluso su magia, claramente inspirada en fuentes no occidentales, adquiere unas formas muy particulares al estar vinculada con las fuerzas de la naturaleza y a la necesidad de comunicarse con esta. Auliya se transforma física e internamente, y su odisea cada vez se vuelve más y más onírica, aunque sin perder del todo sus elementos axiales.  

En suma, una novela tan hermosa como cualquier historia de Fantasía de Verónica. Si bien aparentemente surge como una obra temprana en su corpus imaginativo (al menos es la primera de la trilogía implícita que integrarían también El fuego verde y Loba), su acabado es tan prolijo estéticamente que da igual. Una pequeña joya difícil de conseguir hoy en día, como todo tesoro que vale la pena. 

 ~He más en la obra de la autora en este artículo (p. 69) y en este.~


Fantasía premoderna



Cuentos fantásticos, de Ludwig Tieck

Nórdica Libros, 2009. España.
[1796, 1802, 1812. Alemania] 


Un título sumamente engañoso y genérico para una sorprendente colección de tres narraciones (“Eckbert el rubio”, “El monte de las runas” y “Los elfos”) de este escritor alemán perteneciente al Romanticismo. Contrario a lo que podría suponerse a partir de ese “fantásticos”, esta obra está lejos de las aburridas vacilaciones y el delirio de lo racional, por fortuna. Más bien, se relacionan con la tensa relación entre lo humano (lo presuntamente lógico, mesurado y constreñido) y lo feérico (lo imaginativo, salvaje y desatado) en aquel campo de batalla (¿de juegos?) que es la naturaleza, así como de la búsqueda de los protagonistas de un sentido más sólido del que la realidad les provee. 

Estamos frente a un conjunto de narraciones casi inaugurales, en el sentido de que remecen tradicionales concepciones en torno al relato y adoptan tanto vetas ensayísticas como un desarrollo de personajes más propia de la novela. Como corresponde, también se aprecia un marcado acervo de inspiración folclórica y resabios tanto de la leyenda como del cuento de hadas. Pero acaso lo más destacado, en la línea de esta entrada, sea la presencia de vistazos y exploraciones de Faërie de una forma que podríamos considerar embrionaria, una prefiguración de lo que leeremos posteriormente en autores de Fantasía propiamente tal. Los personajes, de una u otra forma, cruzan la frontera de su mundo primario y acceden a un nuevo plano de realidad, pero este viaje no les depara la alegría definitiva. Antes bien, los relatos adquieren sombríos matices en el accidentado regreso de los protagonistas a su contexto original. Los cambios experimentados en sus experiencias maravillosas los han dejado en una suerte de complicado limbo, que acerca sus destinos a la tragedia. Con todo, la belleza poética con la que el autor narra estos encuentros con lo feérico es tal que su evocación crea la paradójica sensación de que este destino, por muy aciago que resulte, sigue siendo preferible a la anodina realidad conocida. 

Me entusiasma mucho trazar genealogías difusas desde autores poco conocidos. Eso, sumado al hecho de que no suelo volverme hacia las fuentes románticas de la Fantasía, ha vuelto el hallazgo de esta obra una feliz lectura. 



Cuentos de hadas, de George MacDonald 

Atalanta, 2012. España [1862-1882. Escocia]

Una lectura que tenía pendiente de hace tiempo y en la que me interesaba mucho aventurarme, considerando la importante influencia del autor en J.R.R Tolkien y C.S Lewis y las complejas formas que tuvieron ambos para reconocerla (o matizarla): desde la lectura de On Fairy Stories como una reescritura ampliada de The Fantastic Imagination del escocés, en el caso de Tolkien, hasta la profunda filiación con una imaginación creyente de fuerte inspiración alegórica, en el caso de Lewis. 

Coetáneo de Lewis Carroll, MacDonald resulta un escritor victoriano muchísimo menos conocido que el creador de la famosísima Alicia. Incluso, aunque ha salido también a la palestra como uno de los antecesores de la Fantasía moderna, su nombre suele cobrar mucho menos protagonismo que otros como Lord Dunsany, por ejemplo. ¿Por qué? En esta primera lectura, guiada por la lumbre de la maravilla y la fascinación, me atrevería a decir que puede deberse en parte porque las obras de MacDonald son bastante más complejas de lo que parecen y bastante menos conformistas de lo que cabría esperarse, incluso para quienes venimos con enfoques muy bien recortados al momento de acercarnos a algunos de nuestros antepasados en la genealogía imaginativa. 

Entroncado naturalmente en la tradición de los cuentos de hadas literarios, aunque huyendo de la impostura de la moraleja de otros autores, los textos de MacDonald logran ser tan bellos como extraños, tan dolorosos como deslumbrantes. Hay aquí espacio para el viaje fantástico hacia Faërie, pero también para las pausas de eternidades e incluso para el humor. Destacan en algunos de estos cuentos, mis favoritos, la dupla protagónica de niño y niña, que solo en su unión de fuerzas y caracteres logran encontrar y reclamar su destino. Un brillante y tierno acercamiento a la integración de anima y animus, y un buen contraargumento hacia aquellos que asocian fatalmente el cuento de hadas a la princesa indefensa y al caballero que la rescata. El delicado paralelo entre lo masculino y lo femenino parece estar siempre al borde del desbalance, pero es precisamente el viaje, la búsqueda y el hallazgo lo que le permite alcanzar la armonía. 

El título completo de esta compilación versa "cuentos de hadas para todas las edades", siguiendo los propios principios ético-estéticos del autor, aunque creo que no se debe caer en el error de pensar que es un libro apto para todo público. Insisto: MacDonald es raro, y esa rareza, al menos por lo que he visto en mi experiencia personal, no es algo que agrade a todo el mundo, más allá incluso de la honestidad e intensidad de su interés por la Fantasía. Queda entonces este comentario como una invitación implícita solo para valientes, aquellos que quizá sí hayan conservado parte de esa zona crepuscular de la infancia, que hemos tendido a liquidar tanto con luces como con sombras.  



Fantasía contemporánea


La tarde de los elfos, de Janet Taylor Lisle

Norma, 1989. Estados Unidos.


Este libro infantil resultó ser la más inesperada de las sorpresas. Lo compré a ciegas, solo por su evocador título y su curiosa sinopsis, pero sin tener muy claro qué podría encontrarme en él. ¿Elfos? Pues sí y no. La tarde de los elfos es una novela que, a mi juicio, se instala en la línea de Un puente hacia Terabithia para plantear un acercamiento realista hacia la imaginación: en ningún momento los protagonistas trascienden a un mundo secundario, y los aspectos mágicos surgen velados por diversas circunstancias. Pero aquí no importa determinar si son fácticos o no, porque lo importante es el tejido que surge a partir de ellos, su potencial para conectar vidas a través del poder de la imaginación y, en última instancia, de curarlas cuando la partida es inevitable.  

Cruda y a la vez sensible, esta novela desarrolla una relación tan compleja como la de dos niñas muy distintas a partir de su interés compartido por los elfos, concebidos aquí como pequeñas criaturas feéricas similares a los duendecillos. Lo que podría parecer una dulce ilusión infantil o un promisorio comienzo de una gran aventura deriva en una difícil esperanza en un contexto muy duro y aislado, pero peligrosamente común. 

No veremos a los elfos presencialmente, pero sí sus obras en el patio de una de las niñas protagonistas. Estas huellas, sumadas a otras aún más importantes, sientan las claves para una novela infantil sorprendente, bastante alejada de varias corrientes simplistas que campean hoy en día en este ámbito, y poderosamente triste, como la propia niñez. 


Jonathan Strange y el señor Norrell
de Susanna Clarke

Salamandra, 2004. Inglaterra.

Probablemente una de las mejores novelas contemporáneas de Fantasía de los últimos años. Puede sonar muy estirado comenzar así cuando yo misma he eludido leer o seguir leyendo a algunos de los autores cuyos nombres más tañen en el medio y que cada vez me interesan menos: Brandon Sanderson, Patrick Rothfuss o N.K Jemisin, por ejemplo, pero no me importa. Considerando mi aparataje de prejuicios hacia lo contemporáneo, que esta haya sido la mejor lectura del año ya dice bastante. Al menos parte de la crítica respalda este juicio, si bien creo que esta valoración no ha venido acompañada por una rotunda recepción de la comunidad lectora, al menos no en ámbito hispano.  

Honestamente, y a pesar que muchos ya saben que me repugna el éxito y el sonsonete fantoche de los vencedores, no entiendo cómo una novela como ésta no es más conocida y celebrada. No solo es una obra literaria magnífica y deliciosamente escrita, sino también una divertidísima. Su sentido de la intriga es estupendo, con una gracia que solo había encontrado antes en Lud-in-the-Mist, pues por lo general las historias demasiado rápidas, según las convenciones prosísticas actual, se me vuelven aburridas. Jonathan Strange y el Señor Norrell, en cambio, exhibe un sentido del oficio narrador tal que todo parece estar en control.

Pero acaso lo más llamativo sea su concepción de la magia. En aquella Inglaterra imaginada, esta siempre ha existido, siendo por muchos siglos una fuerza omnipresente. Pero, hacia el siglo XIX, época en la que transcurre la historia, la magia se ha visto reducida a una farragosa disciplina académica de señores privilegiados que se la pasan hablando sandeces pedantes, justo como en la academia humanista de nuestro mundo real. La irrupción del señor Norrell, un señor tan amargado como verdadero especialista de la magia, llega a remecer este mundo decadente: a pesar de su tedio supino, Norrell se presenta como el único mago práctico, uno que pretende restablecer la magia en Inglaterra.  

Aunque en principio no parezca tan claro, Norrell actúa movido ante todo por su sentido patriótico (más folclórico que de partidismo político, por fortuna) y por su honesto (aunque extravagante) amor hacia la magia misma. Sin embargo, nuestro mago es un hombre excesivamente celoso de su arte y de sus conocimientos, además de estar muy lejos de la figura de adalid que podría captar más interesados. Su misión se verá entonces complementada cuando aparezca Jonathan Strange, casi su contraparte: un hombre joven, entusiasta y carismático. Lo más importante, no obstante, es que su amor y talento por la magia es homólogo al de aquel que será su maestro. La relación entre estos dos protagonistas, con sus particulares y muy distintas visiones en torno a la magia, junto todo lo que surge a su alrededor, en esta disparatada búsqueda mágica, es el corazón de la novela. Es también, por supuesto, un planteamiento maravilloso para quienes reconocemos la propia magia como arte, literatura, y nos vemos reflejados al mismo tiempo en uno como en otro... aunque más en uno que en el otro, sin duda.  

Se habla mucho hoy de la representatividad en la ficción, pero la verdad es que rara vez me he sentido más identificada con personajes femeninos como con el señor Norrell, pues lo que nos une es algo más importante que nuestro sexo o algunas preferencias superficiales: es el amor por la magia. Naturalmente, también hay otros aspectos menores en común, como nuestra absoluta condición aburrida y carente de carisma, así como la sensación de hastío de tener que estar frecuentemente en entornos llenos de gente banal, o la frustración al ver que medio mundo se acerca a la magia (la Fantasía) por intereses mezquinos o capitalistas, sin entender nada de nada. ¡Pero si se parece hasta en el sincero deseo de hallar un verdadero compañero con quien recorrer este viaje...! 

Jonathan Strange y el señor Norrell es la historia de una amistad y de una rivalidad unidas por un amor en común, uno que es al mismo tiempo una maldición como una gracia, una locura que no está al alcance del común de los mortales. La novela está poblada de personajes secundarios interesantísimos (Stephen Black es extraordinario, y él protagoniza uno de los episodios más bellos), en cierto modo mucho más dignos que estos dos y cuya relevancia en el entramado de la ficción está estupendamente bien desarrollada, pero hacia las últimas páginas recordé/entendí por qué esta historia lleva el nombre de ambos magos. Y por qué, en última instancia, continúo escribiendo Fantasía, a pesar de todo. 


domingo, 21 de mayo de 2017

Rhapsody o la eternidad de un cuento legendario


Portada de un disco recopilatorio.
Uno de los finales más bellos que he leído en una historia es el del cuento "El patito feo", de Hans Christian Andersen, en el cual el protagonista, convertido en cisne, exclama: "Jamás soñé que podría haber tanta felicidad, allá en los tiempos en que era solo un patito feo". Muchos han realizado una lectura de esta transformación y sus consecuencias en un sentido literal: una persona físicamente fea que con el tiempo se vuelva hermosa. Sin embargo, para mí esto siempre ha estado más relacionado con un crecimiento de índole artística y/o espiritual, en la que un individuo marginado por la sociedad debe salir en busca de su destino en el hostil mundo exterior, hasta que las penurias del viaje logran depurar en él aquello que siempre fue y hacerle recibir la validación de sus verdaderos pares, los únicos que importan.

En un aspecto mucho más íntimo y acotado, en todo caso, he ido recordando este final en numerosas experiencias de mi vida adulta, a propósito de lo imposible que llegué a considerarlas alguna vez cuando sólo era una muchacha. La oportunidad más reciente en que sentí esto fue a propósito de mi asistencia al concierto de celebración de los 20 años de Rhapsody, que a su vez se presentó como una despedida en la que participarían algunos de los principales miembros históricos de la banda y en la que se interpretaría de manera íntegra su disco más importante, Symphony of Enchanted Lands (1998).

Rhapsody es una de las bandas más reconocidas de aquella expresión del power metal centrada en un imaginario medieval fantástico, con insertos y composiciones inspirados en la música clásica. Quizá sea conveniente mencionar también que, tras la digresión de sus integrantes fundadores, "Rhapsody" como tal dejó de existir. Así, la banda en la que toca el tecladista se llama "Rhapsody of Fire", mientras que aquella en la que toca el guitarrista se llama "Luca Turilli's Rhapsody". Me atrevería a decir que ninguna de estas encarnaciones ha logrado superar el material del Rhapsody original, sobre todo en sus dos primeros discos. De ahí que este concierto se haya presentado como despedida: sería la última vez en la que miembros de estos trabajos pasados, a excepción del tecladista Alex Staropoli, estarían juntos tocando canciones de su época más decisiva; tras esto, volverían a sus nuevos proyectos, que parecen estar cada vez más alejados del medioevo, la épica y la Fantasía.

Descubrir a Rhapsody ha sido una de las experiencias más bonitas de mi vida. Recuerdo exactamente el momento en que sucedió. Yo tenía 15 años y estaba en una clase de música. Un compañero pidió entonces que pusieran en la radio de la sala un disco, que él describió como "rock medieval" (sic). Fue ahí cuando oí por primera vez las cuerdas sintetizadas de "Epicus Furor", preámbulo de la primera canción propiamente tal: "Emerald Sword". No la escuchamos entera, pero por ese escaso minuto que debió haber durado la reproducción, me sentí fascinada. Sabía que algo había cambiado para siempre y que debía hacer lo imposible por conseguir que ese disco fuese mío.

Una de las razones por las que este álbum me impactó tanto fue por la pobreza musical en la que me movía hasta entonces, en donde sólo destacaban las bandas sonoras de videojuegos. Me había criado en una casa en donde sólo sonaba la música cebolla latinoamericana de las frecuencias AM (a la que sólo llegaría valorar, en parte y de manera muy dosificada, muchos años después), y mis propias búsquedas musicales solían quedar entrampadas en mi limitado acceso a radios o canales tipo MTV. A diferencia de muchas otras personas con un trasfondo similar al mío, no tenía amigos con los que hubiera podido compartir discos, casettes o pistas MP3, ni tampoco un plan de Internet en casa que me hubiera permitido ampliar mis exploraciones. En cierto sentido, creo que Rhapsody resultó ser mi primera aproximación real al metal, cuya sonoridad siempre me había atraído pero que sentía muy lejana aún a mi mundo. 

No recuerdo ya cómo me las arreglé para conseguirme una copia pirata del disco, pero sí que desde ese día se convirtió en mi álbum de cabecera. Debe ser, sin duda, el disco que más llegué a escuchar en la vida. Todas las canciones me parecían maravillosas, perfectas. No entendía bien sus letras, en parte por mis conocimientos aún rudimentarios de inglés y en parte por el pobre acento del vocalista, pero me bastaba con reconocer algunas palabras importantes: dragón, espada, magia. Jamás había oído canciones en las que se hablara de lo que yo amaba. Descubrir que existían personas que compartían estas visiones y que celebraban este llamado desde sus propias creaciones, aunque pertenecieran a un entorno muy distinto y lejano al mío, me hizo sentir extraordinariamente contenta. ¡No era la única, no estaba loca! Allí, en esos versos que Fabio Lione cantaba con su apasionada voz de tenor, había una lengua en común que resonaba conmigo de una manera parecida a como lo habían hecho las bellas oraciones que Tolkien había escrito en El Señor de los Anillos y que ya había comenzado a leer.

Por supuesto, luego de Rhapsody vinieron otras bandas afines, que también cobraron gran importancia en mi vida, principalmente Nightwish, Sonata Arctica y Within Temptation. Pero fue Rhapsody la que comenzó todo; ninguna ha podido rozar siquiera la experiencia de esas primeras escuchas emocionadas, de sentir cómo un mundo entero se abría en tu interior.

La banda llegó también a mí en una etapa inmejorable: cuando mis historias comenzaron a cobrar forma. De hecho, aun hoy no sabría cómo expresar bien lo que me significó esbozar escenas, personajes y episodios de mi mayor proyecto con Symphony of Enchanted Lands de fondo, explotando en mis oídos.

Eran días mucho más nítidos que estos, días tristes llenos de episodios horribles y solitarios. Pero también eran días en los que la maravilla de los descubrimientos estaba ahí, en cada recodo, lista para rescatarme de la desesperación, acaso porque nunca la había necesitado tanto.

No sabía entonces de Sociedades Tolkien, de partidas de juegos de rol, de foros temáticos, de pre ñoñerías. No sabía de ninguna de esas cosillas que ahora tantos claman como indispensables en su formación como escritores de Fantasía, ni menos podría saber lo vanas que habrían de resultar al final de todo. Entonces estaba sola, pero sola con mi música, mis videojuegos y mis historias. Sola con la experiencia íntima e intransferible que estas obras despertaban en mí. Mucho tiempo pasaría antes de comprender que me seguiría sintiendo incómoda con otros, incluso cuando compartiéramos afinidades e intereses, porque no sería el mismo amor ni el mismo anhelo de lo perdido lo que nos uniría a aquellas cosas. Y aún más tiempo, ay, pasaría antes de descubrir que varias de estas personas no eran tan distintas de aquellas otras, las más mundanas, banales e intelectualmente limitadas, y que bastaría con que la Fantasía se pusiera de moda para que emergieran todas las ranciedades del otro lado: afán de éxito popularidad, aproximaciones superficiales, ausencia de compromiso vital, y tantas otras.

Pero entonces, en esos días solitarios, en los que me sabía sola y creía ser casi la única que amaba lo que amaba, todo ardía, y el calor y luz que se desprendían eran lo único que necesitaba para escribir, para sobrevivir.

Nunca hubo una espada de esmeralda en mis narraciones, ni guerreros musculosos que estuviesen marcados como elegidos, pero el espíritu ingenuo con el que se contaban esas aventuras en las canciones de Rhapsody me inspiró mucho para darle forma a mis propios personajes y sus propias búsquedas. Nunca rechacé entonces obras de Fantasía porque no tuvieran mejores modelos femeninos, y las canciones de Rhapsody, con sus alusiones a princesas indefensas y reinas demoniacas, no fueron la excepción. En esos días estaba demasiado ocupada intentando sobrevivir a la violencia que me sitiaba como para cuestionarme mi propio sentido de feminidad. Necesitaba ser un ser humano antes que una mujer. Necesitaba esperanza y belleza, y lo mismo me daba que me la trajera un hombre, otra mujer o un unicornio (los años me enseñaron que, si la traen los tres, siempre se debe preferir al unicornio). Curiosamente, mis primeros esbozos del gran proyecto incluían una misma cantidad de protagonistas masculinos y femeninos, y no como una respuesta a la ausencia de esta paridad, sino como una proyección natural de mis inquietudes personales, que no tenían por qué corresponderse con la de otros creadores. Ellos me entregaban otras cosas. Yo era la princesa asesinada, la reina oscura, el guerrero de hielo, el cronista Aresius, el ambiguo Dargor. Todos tenían algo que contarme sobre mi propia identidad en construcción, incluso el dragón Tharos sobre todo el dragón Tharos: "Happy to have found the freedom at least in death".

Rhapsody representa también una etapa en la que la vertiente más épica de la Fantasía no estaba contaminada por la brutalidad que hoy se ha transformado en tendencia. No había cinismos, ni "personajes grises", ni obsesiones por la fornicación heterosexual o el poder político. Había un mal primigenio que estaba destrozando el mundo en el que el héroe había crecido. Lo anterior no impedía que se apreciaran sutiles matices que volvían ligeramente más compleja la quest. Había en el guerrero de hielo indicios de caídas en la rabia, la ira y la inmisericordia, pero éstas siempre parecían brotar en un contexto de quiebre ante el dolor. Se trataba de una respuesta desesperada, no de una entrega pasiva a la resignación cínica. Estaba presente el recuerdo de una era hermosa y pacífica, expresada en una exaltación constante de la naturaleza y la voluntad de hacer algo para retornar a ella. Incluso la gloria misma de la batalla y la sed por combatir tenían los resplandores dignificados del heroísmo nórdico.

Pero claro, el tiempo no pasa en vano. Acumulamos lecturas, pensamientos, cuestionamientos. Años. Perdemos la ingenuidad, algunos sueños, algunas esperanzas. El paraíso de la infancia, ese bosque encantado lleno de peligros y tristezas, pero aun más dulce y acogedor que cualquier asentamiento lleno de humanos cobardes, se repliega en nuestro interior.

¿Qué podría decir de Rhapsody ahora? Sus letras son una completa ridiculez, tan cursis como agramaticales. La historia de sus discos está muy mal contada; resulta un embrollo y un festival de clichés que yo misma despreciaría más adelante en la Fantasía épica. ¿Y su música? Aunque se trate de un hito en el power metal, no puede negarse que su calidad y trascendencia fue decayendo con los años. El surgimiento del atroz concepto de Film Score Metal fue relegando poco a poco la vivacidad de los solos y los insertos clásicos de inspiración barroca, para ser reemplazados por orquestaciones genéricas en la línea de las bombásticas composiciones de las grandes producciones hollywoodenses.

Podría decir todas esas cosas de Rhapsody, y sé bien que son ciertas. Es el lastre de la maldita adultez. Pero sé igualmente que eso no tiene ninguna importancia, no al menos ante el verdadero valor de la banda y sus canciones en mí. Y ese el triunfo de la juventud.

Son días extraños estos. Mi fidelidad a las cosas que amo me ha deparado crueles desilusiones, algunas de las cuales han venido, por desgracia, de muchas de mis bandas de cabecera.

Tuomas Holopainnen, compositor de Nightwish, dio inicio al primer disco de la banda, Angels Fall First, con "Elvenpath". En esta pista, se incluía un extracto del prólogo de la adaptación animada de El Señor de los Anillos (1978), dirigida por Ralph Bakshi. En Wishmaster, tercer disco y uno de los más celebrados de su producción, cerraba con "Fantasmic", magnífica oda a las obras de Walt Disney como portento imaginador, que a la vez puede leerse como un canto de amor absoluto a la Fantasía. Basta leer estos versos, casi un himno:

The realm of the king of fantasy
The master of the tale-like lore
The way to kingdom I adore
Where the warrior's heart is pure
Where the stories will come true.

¿Y en qué está Holopainnen ahora? Bueno, por un lado compuso un extraordinario disco conceptual inspirado en la aún más extraordinaria novela gráfica Life and Times of Scrooge McDuck, una de mis lecturas literarias favoritas de todos los tiempos (lo que, considerando cuán aburridos me parecen en general el cómic y sus derivados, es algo bastante atípico).

Por otro lado, lo que Tuomas ha hecho con Nightwish no ha sido, precisamente, extra-ordinario, en el sentido más imaginativo. Para su más reciente disco, Endless Forms Most Beautiful, tuvo la brillante idea de invitar al infame Richard Dawkins, que odia los cuentos de hadas porque es incapaz de entender cómo funcionan las historias en la raza humana, a hablar algunas líneas. Otras joyitas del disco incluyen la canción "Sagan", en la que se canta, literalmente, "Listening to Sagan, dreaming Carl Sagan"... Y, al mismo tiempo, toda esta mescolanza convive con "Edema Ruh" un tema inspirado en las Crónicas del asesino de reyes de Patrick Rothfuss, suerte de cabeza de ratón de la Fantasía gringa contemporánea.

¿Qué clase de inconsecuencia creadora es ésa? Han pasado muchos años, sí, pero ¿cómo puedes traicionar tu imaginario de esa forma? Me he encontrado haciéndome esa misma pregunta al ver cómo, poco a poco, algunas bandas de mi plena simpatía han mudado de un imaginario de Fantasía a otro de ciencia ficción, o derechamente de ciencia, como quien se deshace de una prenda vieja que le queda chica, cuando no han pasado a mezclarlas sin ninguna coherencia conceptual. ¿Por qué? No puedo entenderlo. De hecho, siempre me ha sorprendido que muchos autores y lectores compartan amores por la Fantasía y la ciencia ficción, y admiro a aquellos que puedan hacerlas entrar en complejos diálogos en sus trabajos. Porque, por muy hermanas que sean, son bastante distintas. Yo me siento incapaz de amar la segunda; si he logrado acercarme poco a poco a ella, ha sido ante todo porque algunos escritores que adoro han escrito también desde ella.

Por supuesto, me parece muy bien que los creadores exploren otros territorios en sus obras. Pero la forma en la que he visto este proceso en algunos, sobre todo en estas bandas, me desconcierta. No parece ser un anhelo natural de cambio, sino una urgencia impuesta de "madurar", de ir a tono con el escepticismo y las tendencias racionalistas de nuestros tiempos, que han debido alzarse ante la inexplicable fuerza que han cobrado fenómenos como la posverdad. La pregunta es por qué debiéramos todos sumarnos a ese carro desde frentes ajenos. Nada parece más subversivo y necesario que seguir defendiendo la importancia de la imaginación, que vuelve a ser la gran despreciada por todo tipo de público, desde científicos hasta impulsores de los estudios culturales, pasando por ministerios educativos.

Aquellas bandas, en la fuerza vital de sus primeros discos, parecían amar sinceramente la Fantasía. Vuelvo a preguntarme qué pasó ahí, por qué se abandonó ese sendero con tanto rechazo, pero no tengo respuesta. La situación me recuerda a esa gente que dice, en un tono que fluctúa entre lo melifluo y lo condescendiente, tener buenos recuerdos de sus lecturas de Tolkien y Lewis, pero que no podía volver a ellos. Me pregunto qué es lo que se ha tenido que perder para que un lector supuestamente competente no pueda seguir encontrando nuevos tesoros en dos producciones literarias tan ricas como la de estos ingleses. Y me lo pregunto porque esta gente nunca profundiza mucho más allá, como si su solo tono impostado fuese respuesta suficiente, como si la norma fuese ese rechazo como rito de madurez. Pues bien: no lo es. Y si lo fuese, qué cosa más triste, repugnante y vergonzosa. Más valdría renunciar a la vida misma, ¿no?

Debo aclarar de que no es que hubiera deseado la repetición constante de las mismas composiciones y los mismos tópicos una y otra vez, claro, pero sí haber podido apreciar este proceso de cambio como algo más orgánico. Soy una persona bastante conservadora en mis afinidades, pero creo poder valorar transformaciones que surgen como genuina respuesta a un anhelo estético de corte experimental o arriesgado. Tristemente, no he podido apreciar esto en muchos de estos casos.

Rhapsody fue una banda que mantuvo, más o menos, esa coherencia de imaginario hasta el final. Los resultados no fueron óptimos, pero reconozco que me sentía aliviada de que al menos ellos intentaran innovar desde las fronteras del reino donde habían crecido. Eso me traía esperanza a mi propio proceso creador, en el que también buscaba tensar ciertas concepciones sin caer en las miserias del grimdark o de este patético historicismo barnizado de elementos fantásticos. Yo tampoco di con resultados óptimos, y opté por apartarme de la Fantasía épica porque sentí que ya no encontraba casi nada que amar en ella. En cierto modo, fue colonizada por aquellos intrusos que, como bárbaros o cristianos, impusieron sus creencias y costumbres hasta pudrir la tierra que honrábamos.

Escapé por ello al país del Kunstmärchen, bosque umbrío y añorada patria de mi infancia, que me descubrió por primera vez la senda a la tristeza de Faërie a través de historias como la del propio Patito Feo de Andersen o "El ruiseñor y la rosa" de Wilde, y que ahora me la redescubre en los trabajos de George MacDonald o Ana María Matute, entre otros ilustres viajeros. No hay nada que desee más en este período actual como autora que seguir adentrándome en su maraña boscosa, pero la espada con la que me abro paso entre la fronda me recuerda que no siempre fui una niña perdida, irrelevante e indefensa. ¿Quién fui antes? Observo la espada verde que porto conmigo y entonces recuerdo...

El recuerdo vino de sopetón junto con descubrir el aviso de que Rhapsody vendría a Chile. La banda había tocado aquí antes, y en más de una oportunidad, pero en todas esas veces yo era muy joven, muy solitaria y muy pobre, por lo que no tenía ninguna posibilidad de viajar a la capital para verlos. Todo eso había cambiado en el tiempo. Ya no era tan joven, ni tan pobre. Ahora, además, vivía en Santiago, con alguien a quien amaba y que amaba también Rhapsody. La posibilidad de verlos por primera y última vez en vivo, tocando de principio a fin el disco que había cambiado mi vida, estaba al fin a mi alcance. No iba a permitirme perder esta experiencia.

Entonces recordé: yo llegué a este bosque con una espada de esmeralda. Antes que cualquier otra espada legendaria de las historias que amaba, fue esa extraña arma mágica sin personalidad y con un componente altamente simbólico que jamás fue bien desarrollado la que se quedó conmigo. Y en mi contemplación de mis memorias llegué a una conclusión tan sencilla que me avergonzó mucho, por mostrarme una vez más la hondura de mi propia estupidez: el problema, como siempre, nunca es de la propia Fantasía, sino de los que se adueñan de ella para retorcerla según sus intenciones de fama o de cuestionamiento banal. La Fantasía épica no era una forma intrínsecamente deficiente; sus más vociferadores creadores recientes la habían arruinado ante mi percepción, sólo eso.

Entonces por fin comprendí que aún podía recuperar la visión prístina de mis años juveniles, del mismo modo en que he estado intentando recuperarme a mí misma. En realidad, me es tan imposible pensar en una versión adolescente de mí en la que no exista esa fe incondicional en lo épico como lo es omitir la importancia de la música de Rhapsody: todo se reducía a eso.

Es increíble cómo ahora, que he leído tantos bellos poemas y que he descubierto tantas obras literarias hermosas, aún puedo estremecerme al oír versos tan estúpidos como los del coro de "Emerald Sword". Sólo que no son estúpidos realmente. Son una exhortación a esta nueva búsqueda, que en el fondo ha sido la que ha enmarcado toda nuestra vida:

For the king,
for the lands,
for the mountains:
for the green valleys where dragons fly.
For the glory,
the power to win the darklord,
I will search for the Emerald Sword.

¿Cuántos nos habremos emocionados al cantar estas líneas, acompañando a Fabio? Muchísimos, supongo. Creo que, salvando matices, las emociones de medio Teatro Caupolicán debían ser bastante similares en esos momentos. Pero, al margen de la cálida interpretación de canciones insignes de la banda y de la extraña transfiguración que pareció ocurrir en Luca y en Fabio, que a mis ojos se vieron imposiblemente jóvenes y enérgicos, tal y como los vi la primera vez que conocí sus rostros en las pomposas fotografías oficiales, hubo un momento específico en el que no muchos parecieron reparar.

El concierto estaba terminando y los integrantes ya comenzaban a hacer sus últimos saludos de cara al público y a las fotos de rigor. El público aplaudía y gritaba como cabría de esperarse, pero... Pero justo en esos instantes se reprodujo un fragmento de una pista inesperada: el cierre de "Gargoyles, Angels Of Darkness", la última canción de Power of the Dragon Flame, disco que culmina el primer y principal ciclo de la historia de Fantasía contada por la banda. Así versa parte la letra:

And this is then the epic end
of the legendary tale,
of the one who found the light,
and the dragonflame inside,
of the tragic rain of a thousand flames,
of the town's defenders who faced pain,
of symphonies of enchanted lands,
of whispers of love and hate.

En realidad, fue un estupendo cierre simbólico para el concierto, si bien me sentí muy triste al oírlo. Rhapsody ya no volverá a existir de esa forma. El legendario cuento que acaba es el que ellos contaron con su música, la cual discurrirá por otros cauces y otros imaginarios de ahora en adelante. Me imagino que quizá vengan entonces las canciones de ciencia ficción, de ciencia y de otras cosas aburridas. Luca ya está dando algunos pasos, entre los que se cuenta la extrañísima "Prometheus", que es una suerte de popurrí de conceptos estoréricos y simbólicos bajo el barniz de una contenida composición. A Staropoli, en tanto, le bajó la locura de regrabar temas clásicos de la vieja Rhapsody bajo el correcto Giacomo Voli, su nuevo cantante, salido de uno de esos programas en los que la gente con bonitas voces canta y se hace famosa y gana dinero.

Por una vez, sin embargo, ya no me importan tanto estas miserias. Obtuve una gracia muy valiosa en ese concierto: las palabras de la Paula adolescente susurrándome al oído, contándome que mi propio cuento continúa, que el ciclo heroico es eterno por estar destinado a reiniciarse toda vez que parezca culminar para siempre y que hay una dimensión pura y noble de la épica que no debiera permitirme rechazar. Que no importa cuán dispuesta esté la gente a burlarse de los que luchamos por aquello que amamos, porque al menos aún podemos amar algo, y porque todos aquellos escritores que nos ayudaron a sobrevivir en las horas más oscuras lucharon también por ello, al igual que los héroes que crearon, porque entendían que era importante. Porque la imaginación ha sido siempre humillada por cobardes, y porque quizá sea de lo único que vale realmente la pena defender en este mundo enfermo, sombra caída de una belleza a la que nunca dejaremos de anhelar.

Estas palabras aún resuenan en mí, y me pregunto si mi salvaje yo adolescente me las habrá expresado porque sintió que mis tristezas y desánimos actuales eran una deshonra para sus sacrificios, o si simplemente quiso recordarme estas cosas porque tuvo piedad de mi fatiga existencial. No puedo saberlo. Es cierto que he crecido y que he cambiado, aunque la esencia de mi búsqueda sigue ahí. Pero quiero creer que ella entiende esto, que ha perdonado mis propias debilidades y cobardías ante la escritura. Y que está ahí, esperando el anhelado hallazgo, para sumarse a la batalla que aún hemos de librar juntas, la niña, la joven y la mujer, espada de esmeralda en mano, como en los viejos tiempos, como siempre.

lunes, 13 de febrero de 2017

Participación en festival Bookafest - Mesa "La mujer en la literatura"

El viernes 17 de febrero, en el marco del evento Bookafest, organizado por la librería Biblionet@ y la Biblioteca de Santiago, participaré en la mesa “La mujer en la literatura”. 

Bookafest, nombre definitivo del evento que inicialmente se llamó Bookapalooza, pretende replicar algunas características de los festivales masivos en el contexto lúdico de las nuevas manifestaciones sociales literarias. Así, junto a las mesas temáticas de discusión, se presentarán también comunidades (tanto de sagas juveniles como de otras ficciones populares) y tiendas afines. Incluso se desarrollarán concursos (de microcuentos y de cosplay) para incentivar al público interesado.

Las mesas abordarán diversos temas que, de un tiempo a esta parte, están muy en boga en las comunidades de aficionados. Lo anterior no significa que se trate de fenómenos realmente nuevos; ahora bien, su discusión, análisis y estudio ha cobrado gran fuerza en los últimos años. Ejemplo de lo anterior es la mesa “De la web al papel”, que a juzgar por su título y sus participantes (booktubers), me imagino que abordará tendencias como los escritores de Wattpad o aquellas páginas de Facebook que se han vuelto muy populares con las narraciones de autoficción de sus creadores. Otro ejemplo es el de la mesa de “Literatura y cine”, en la que quizá se comente sobre los diversos entrecruces entre esos dos lenguajes, aunque es probable que se enfoque en la novela del autor participante, que estudió precisamente cine. La mesa “G.R.R Martin / Game of Thrones”, supongo, podría encauzarse por derroteros similares si aborda cómo el fenómeno de Martin se ha desarrollado tanto en sus novelas como en la serie de HBO. Por último, la mesa de Carrie Fisher y Star Wars me parece algo más disonante en el programa, aunque sé que hay numerosas novelas basadas en este universo y que a muchos escritores de género les gusta muchísimo, hasta el punto de considerarlo influyente en sus creaciones. No es ese mi caso, pero seguro resulta ser una charla muy concurrida. 

En lo que a mi mesa respecta, siento el tema propuesto como un desafío personal. Como lo comentaba a propósito de mi entrada de presentación de La Nave Invisible, no soy una feminista activista. De hecho, me considero más cercana al esteticismo. Lo que sucede es que esto no me impide reconocer los sesgos académicos, editoriales y lectores que operan para discriminar o derechamente atacar a las escritoras por el perfil de sus creaciones o por pensar críticamente su medio. Lo he vivido y lo he presenciado con compañeras: es un asco. Esta visión coincide además con el hecho reciente de haber ido descubriendo muchísimas escritoras muy potentes, tanto en literatura de imaginación como en otras, cuyas obras he disfrutado mucho. 

Espero tener oportunidad de poder explayarme en algunos de estos puntos, incluyendo un comentario sobre la experiencia de La Nave Invisible, que me parece relevante como ejemplo de colectivo con visión feminista que procura buscar la difusión de un perfil doblemente discriminado: las escritoras de género. Confío en que la moderación de mi amiga Claudia Andrade, que planteó una batería inicial de preguntas bastante buena, nos ayude a las tres participantes a entrar en un diálogo constructivo. A ellas no las conozco, pero sé que vienen de áreas diversas en las que el tema central podría tener particularidades muy interesantes: la ilustración y la actividad booktuber.

De modo que ahí va la invitación a la mesa “La mujer en la literatura”.

Fecha y hora: 17 de febrero de 2017, desde las 14:00 a las 21:00. La mesa “La mujer en la literatura” comienza a las 17:00 pm. (Entrada liberada).

Lugar: Biblioteca de Santiago (Matucana 151, Metro Quinta Normal, Santiago)

Evento en Facebook: Aquí.


Programa de mesas temáticas:



jueves, 12 de enero de 2017

Sobre La Nave Invisible, proyecto de difusión de autoras


No fue sino hasta conocer la campaña #ReadWomen2014 (a la que dediqué dos entradas: una general y otra para autoras de imaginación) que descubrí que, en el seno de diversas iniciativas personales y comunidades de Internet, se estaba gestando un movimiento que reconocía la histórica invisibilización de las escritoras y que pretendía promover sus figuras autorales y sus obras. Así fue como, en el contexto de las redes españolas, comenzaron a surgir iniciativas como las siguientes:

  • #LeoAutorasOct —> Ignoro quién creó esta iniciativa, que consistió en dedicar la lectura exclusiva de obras de mujeres a lo largo del mes de octubre del año pasado.


  • #LeoAutorasFantásticas —> Coordinada por la escritora Felicidad Martínez en un grupo de Goodreads. La propuesta destaca por centrarse en las estéticas de la imaginación (principalmente Fantasía, terror y ciencia ficción), convocar a lecturas conjuntas y presentar un completo registro de escritoras de distintas nacionalidades y perfiles, de actualización constante.


  • Adopta una autora —> Coordinada por la traductora Carla Bataller (@trad_carbaes) en un blog independiente. La propuesta destaca por proponer la elección libre de una escritora en particular y dedicarle algunas entradas, ya sea en un espacio personal o en el del blog oficial, para difundir aspectos sobre ella y su trabajo. 


Es en este contexto en que cabe ubicar la iniciativa La Nave Invisible, proyecto colaborativo, de vocación feminista y divulgativa, que trabaja con la difusión de escritoras de imaginación de cualquier parte del mundo y sin importar su trayectoria. Como se señala en su entrada de presentación, se busca “luchar por la visibilización y el reconocimiento de autoras dentro del género”, espacio en el que suele presentarse bastante machismo en la publicación, valoración y promoción de escritoras. Esta situación incide en aspectos tan concretos como la reducida presencia en librerías y bibliotecas personales de ejemplares de obras escritas por autoras o la escasa cantidad de premios entregados a ellas, o en otros tan abstractos como la creencia sesgada de que las mujeres sólo se acercan al género desde la parcela de lo juvenil o lo romántico… o incluso de que sus incursiones literarias son menos valiosas que las de sus pares varones.

A partir de esto, La Nave Invisible presenta un plan de trabajo que aborda diversos frentes, similares a los de iniciativas similares que la precedieron y de las que ahora se inspiran en ella. Por un lado, el contenido de la web se subdivide en reseñas de obras, artículos de investigación y columnas de opinión, además de la presentación de fichas de autoras, en las que se señalan sus publicaciones e información de interés general. Por otro lado, se gestionan lecturas conjuntas a través de redes sociales y blogs personales, para que cada lector pueda ir comentando sus impresiones u observaciones con la comunidad que se encuentre también leyendo la obra elegida. Adicionalmente, La Nave Invisible comparte también aquellos proyectos, noticias o situaciones que tengan que ver con su perfil, como publicaciones, galardones entregados, entrevistas o reflexiones.

Me hace feliz contar que formo parte del equipo estable de esta genial ocurrencia. Llegué a ella por el llamamiento que hizo la autora y librera Anna Roldós en su blog personal, a propósito del comentario de una editorial que confesó tener dificultades para promocionar a autoras. Entonces la iniciativa tenía como nombre clave #ProyectoEscritoras, y fue sólo a partir de nuestras conversaciones y discusiones por un grupo privado de Goodreads que el proyecto comenzó a cobrar forma hasta llegar a su versión definitiva, La Nave Invisible, compuesta actualmente por dieciséis integrantes (quince mujeres y un hombre).

¿Qué puedo comentar de mi experiencia personal en esta nueva aventura? Bueno, de partida es necesario señalar que soy la única participante latinoamericana. De manera coincidente a otros aspectos de mi vida, en que he estado abocada justamente a la búsqueda de Fantasía en español, la iniciativa me facilitó una motivación y un espacio inmejorable para difundir a aquellas escritoras valiosas de este continente que he ido descubriendo, con la esperanza de que puedan ser más leídas en España. Por allá también, felizmente, han ido ingresando al circuito editorial nombres de diversas escritoras de imaginación, o al menos cercanas a ella desde un fantástico bastante singular. Nombres como los de las argentinas Angélica Gorodischer, Teresa P. Mira, Mariana Enríquez y Samata Schweblin, por ejemplo, están apareciendo tanto en editoriales independientes de género como en grandes casas editoras. 

Con todo, siento que aún hay muchos otros nombres y propuestas femeninas desconocidas de otros países, sobre todo en lo que a Fantasía refiere. De ahí que, como señalaba en una entrada anterior, me estrené escribiendo un entusiasta artículo sobre la genial novela Loba, de Verónica Murguía, que no es muy leída por allá a pesar de haber obtenido el Gran Angular de España el 2013. Ignoro la repercusión real que haya podido tener mi texto en cuanto a dar a conocer a una escritora genial, pero me quedo con lo que su publicación significó en mí: conocer a Verónica.

Hasta ahora, éste es mi único contenido firmado, en todo caso, pues el resto han sido fichas de otras escritoras. El proyecto surgió en una etapa bastante caótica en mi vida, cuando además aún me sentía —con justa razón— recelosa de las iniciativas colectivas, así que me he mantenido aportando a un ritmo mucho más lento que mis compañeras. 

En ese sentido, estoy realmente sorprendida por su capacidad de producción y por el celo con el que se han conducido los aspectos administrativos, considerando que somos tantas las involucradas. Como suele suceder, es posible que el lector entre a su web periódicamente y disfrute de sus contenidos sin jamás llegar a entender el enorme trabajo que subyace a cada publicación: elección temática, investigación profunda de aspectos relevantes, composición, edición de imágenes, subida de material a las carpetas correctas, coordinación de trabajo, edición textual, corrección de estilo, promoción por redes sociales… En fin: cosas por las que yo misma he pasado antes, sumamente necesarias para asegurar la calidad y seriedad de un proyecto de difusión literaria, pero sumamente agotadoras también. Ahora que estoy enfocada sólo en la producción de contenidos, no puedo sino entregar mis felicitaciones a los diversos equipos de trabajo y coordinación, que son los que en última instancia permiten que nuestros textos se presenten y lean.

El último aspecto que quisiera destacar de mi experiencia personal es, por cierto, el más personal: las relaciones con la tripulación. Aunque el hecho de venir de otro país, otro continente y otra cultura podría parecer un factor negativo, en realidad ha resultado una condición simplemente distinta, que incluso propicia interesantes conversaciones idiosincráticas en la que logramos entendernos un poco mejor. 

Porque sí: además del intenso trabajo, hay espacio igualmente para la diversión y la reflexión. La verdad es que me he reído mucho participando con las chicas en su chat interno, hasta el punto de haber generado ya maravillosas tallas internas, pero también he compartido la frustración de aquellos problemas que se plasman más allá de nuestros respectivos contextos: el sostenido desprecio por la mujer lectora y escritora, la agresividad, la condescendencia e hipocresía masculina hacia nosotras y aquella brecha terrible entre autoras y autores, que día a día intentamos acortar con nuestro trabajo.

Si bien no soy una persona que se considere activista dentro del feminismo, siempre me he sentido muy identificada con las discusiones que grandes escritoras han hecho a partir de la consideración de la mujer, y sobre todo de la mujer artista. Ensayos como el clásico Un cuarto propio de Virginia Woolf o el más desconocido La hija de la pescadora, de mi amada Ursula K. Le Guin, han significado mucho en mi vida, y siguen significando algo cada vez que vuelvo a ellos. Mi vocación feminista, supongo, se concentra ante todo en esto: en hacer presente las voces de escritoras que considero valiosas en un contexto doblemente hostil, como lo es de las comunidades de género hispanas. Y, de forma paralela, en hacer que mi propia voz resista a los ataques y cuestionamientos constantes que ha ido sufriendo desde que comencé a escribir de literatura por Internet. 

En todo esto, la existencia de La Nave Invisible y su formidable equipo me ha ayudado mucho. Estoy muy agradecida de tener la posibilidad de discutir y reflexionar tanto sobre estos temas en un espacio como el que se ha creado, pero también de poder hacerlo con otras mujeres jóvenes tras tantos años de ausencia de sororidad. Espero poder seguir aportando desde ese frente, en la medida de mis posibilidades.

Tripulación de La Nave Invisible: dramatización pajaril.