domingo, 29 de diciembre de 2013

Personal: Primeras páginas de La niña que salió en busca del mar

Con esta entrada culmina la serie inaugural de las crónicas de mi novela La niña que salió en busca del mar. Una vez que se ha conocido el origen de la obra, todo cuanto rodeó su proceso de escritura y las historias que cuenta, sólo queda empezar con su lectura, ¿verdad?

Y con esta entrada culmina la serie inaugural de las crónicas de mi novela La niña que salió en busca del mar. Pues, una vez que se ha conocido el origen de la obra, todo cuanto rodeó su proceso de escritura y las historias que cuenta, sólo queda empezar con su lectura, ¿verdad?

Las primeras páginas de una obra son muy importantes al momento de decidir si se trata de una historia que quisiéramos continuar leyendo, ya sea porque nos gustan sus temas o imaginarios, porque queremos seguir acompañando a sus personajes y descubrir así qué nuevas aventuras o desventuras encontrarán (o cómo saldrán de ellas), o incluso porque hay algo en la prosa que nos importa y a lo que no podemos renunciar.  

Por esto comparto aquí el extracto oficial que la editorial de la novela publicó en su sitio web, adjuntado desde mi cuenta de Scribd para permitir más fácilmente su lectura. Este fragmento podrá ayudarle al potencial lector a descubrir si tiene interés en adquirir la obra para leerla hasta el final, o bien, si se trata una historia que a él o ella no lo motiva a continuar.

Quizá veamos a Adriana y el mar aparecer nuevamente en este sitio, pero por ahora, con esta entrada, los dejamos a solas por unos momentos en sus aventuras. ¡Pásenlo bien! Y que ustedes, lectores esporádicos, tengan un rato agradable leyendo el extracto. Nos leemos, como siempre, el 2014.


lunes, 2 de diciembre de 2013

Personal: Portada y booktrailer de La niña que salió en busca del mar

Llegando a la recta final de estas publicaciones dedicadas a La niña que salió en busca del mar, empezamos a cerrar con los recursos audiovisuales y sus respectivos procesos de creación: en este caso en particular, la portada y booktrailer de la novela.
La portada

Querámoslo o no, muchas veces un libro, a pesar de la historia que contiene entre sus páginas, nos entra por su portada. En el caso de la Fantasía, esto se vuelve especialmente relevante al considerar que a través de la ilustración de portada debiéramos ver una recreación del Mundo Secundario de la obra, de algún episodio en particular o, mejor aún, de su imaginario.

Mi intención inicial era, por consiguiente, tratar de hacerle justicia a la historia de Adriana y el mar a través de su portada. Sin embargo, me topé con un sinfín de contratiempos ajenos a mi voluntad y al trabajo del ilustrador que impidieron que quedara plenamente satisfecha con el resultado.

Para empezar, y por los estrechos márgenes de tiempo de postulación a los Fondos de Cultura, tuve sólo dos semanas para entregar una ilustración definitiva de portada luego de que se aprobara el proyecto de mi obra para que la editorial lo presentara. Como mi idea era originalmente tener una ilustración en formato tradicional, este era un plazo ridículo, quizá incluso para una ilustración digital, pero era eso o recurrir a una foto genérica photoshopeada. El honor de Adriana y el mar estaba en juego y yo no podía fallarles.

Afortunadamente, el ilustrador que finalmente logré contactar, John Leyton, era alguien con quien yo había trabajado antes en otros proyectos y a quien conocía, tanto en imaginario como en su capacidad para trabajar bajo presión (y daba facilidades de pago, además). Por desgracia, eso sí, él no alcanzó a leer la obra, así que para llegar al concepto de arte, tuvimos que intercambiar conversaciones e impresiones sobre la historia. John al menos cuenta con un potente imaginario de Fantasía, porque compartimos la experiencia de varios videojuegos del género, así que por ese lado las cosas fluyeron bastante rápidas. De este modo, llegamos a la versión definitiva de la portada en tiempo récord, que a nuestro juicio representaba el vínculo que tenía Adriana con el mar y el desconcierto y tristeza de la niña ante la posibilidad de apartarse de él, así como la estética onírica y nostálgica del propio mar:

Ilustración original de John Leyton.


Con una ilustración como ésta, muchos me han preguntado por qué aparece cortada en la portada definitiva. Por desgracia, debo decir que si bien uno como autor es en buena parte responsable de cuidar que su obra sea lo mejor editada posible, existen barreras editoriales que lamentablemente no se pueden derribar. En otras palabras, por más que luché para que se respetara la ilustración en el estado más íntegro posible, llegando a enviar propuestas hechas por mí y algunos contactos de confianza como el propio John o mi amigo Diego Barrera, no tuve respuesta positiva de la editorial, que sostuvo que debía forzosamente añadirse su logo y el del gobierno de turno, ambos con colores muy llamativos y muchísimo texto. Esto dificultó mucho el diseño de la portada, ya que la ilustración tenía una paleta de colores que hacía ilegible estos logos. A eso había que sumarle que el nombre de la obra era extenso y que mi nombre de autora tiene dos apellidos. Total, una calamidad.

Según esas dificultades, recibí tres propuestas de portada oficiales, que a pesar de todo eran bastante más elegantes que el diseño con el que se había postulado el proyecto. Como mi relación con el diseño de portadas es más bien intuitivo, consulté con algunas personas de mi confianza y finalmente opté por la que nos pareció mejor. Los últimos cambios que pude hacerle tuvieron que ver con la fuente del título, ya que originalmente tenía una fuente más cercana a la Ciencia Ficción (sin serifas, además) que a la Fantasía, lo que en su momento me causó nuevos horrores.

Y así llegamos al diseño final, cuya imagen en alta resolución logré obtener gracias a las habilidades del propio John, pues la editorial me mandó un archivo pixelado cuando se lo solicité:

Portada definitiva.


Creo que, a pesar de toooodas estas penurias, el resultado final exhibe todo el esfuerzo conjunto para que la portada se viera lo más decente posible considerando estas limitantes de diseño y de dirección editorial.

Booktrailer

El booktrailer es un recurso que se ha vuelto muy popular últimamente para difundir y promover obras literarias, incluso en iniciativas autogestionadas en Chile. Sin embargo, uno de los problemas más recurrentes al respecto (fuera de la escasa producción de la mayoría de ellos), es el infringimiento de los derechos de autor. No se pueden usar un tema ni imágenes que no estén libres de derecho, porque formalmente es un delito e, implícitamente, una falta de respeto para los creadores originales.

Para proceder a la confección de mi booktrailer, entonces, tuve que descartar enseguida los temas y estéticas a los que me referí en mi entrada sobre los imaginarios de La niña que salió en busca del mar, tomándolos sólo como referencia.

Para la música, contacté a Rodrigo Vásquez, autor de la casa de Fantasía Austral y un músico versátil con experiencia en booktrailers, como los de la saga Mortis y las novelas LIJ del autor José Luis Flores. Conociendo la experiencia de Rodrigo de tener que que crear temas antes de leer las obras, y tras lo que me había pasado con John, me aseguré de enviarle al menos el PDF de la novela para que pudiera captar el imaginario. El resultado final fue el tema "Saber a mar", que refleja bien la nostalgia de Adriana, pero con un tono de esperanza y entusiasmo que le queda bastante bien en tanto historia infantil. El tema completo, sin embargo, duraba alrededor de 3 minutos, tiempo excesivo para un booktrailer y para la propuesta de animación que habíamos creado John y yo en base a mi guión, así que él editó brevemente el tema, procurando mantener su esencia y progresión original. Este el el resultado final, que procura seguir el patrón habitual de los booktrailers, con los diseños de personajes originales de John:



Aunque podría señalar muuuchas cosas sobre el proceso general de edición del libro, fuera de la portada y del booktrailer (que fue una iniciativa gestionada y pagada por mí misma) creo que prefiero aprovechar estas líneas para destacar la labor de la gente externa a la editorial que trabajó conmigo y que en todo momento mostró el máximo de compromiso y de excelencia, algo que rara vez se ve en la industria chilena. En el caso de estos dos creadores, por si alguien quiere conocer sus portafolios y trabajos, los dejo a su disposición:

John Leyton - Ilustrador
• Portafolio en Deviantart

• Enlace directo a la ilustración de La niña que salió en busca del mar

• Página de Facebook del videojuego Latte Deconstruction, para el que realizó el del diseño de personajes.

Rodrigo Vásquez S. - Músico y compositor
• Cuenta de Soundcloud, con una muestra de sus audios para booktrailers de obras chilenas y otros trabajos.

Página web oficial de Gens Goliae, una de las bandas de Rodrigo.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Personal: El imaginario de La niña que salió en busca del mar

En esta entrada me referiré al imaginario que acompañó mi proceso de escritura de “La niña que salió en busca del mar” para expresar la esencia de Fantasía del mar. Para eso, comentaré y compartiré algunos temas musicales que me inspiraron a lo largo de toda la historia.


musica, mar, La niña que salió en busca del mar
En la entrada anterior conté detalladamente el origen de La niña que salió en busca del mar y los temas que desarrolla en su historia, pero aún falta contar cómo fue el proceso en que ésta fue escribiéndose.

La verdad es que no me motiva ahondar en aspectos específicos de mi proceso personal de escritura, en parte porque no creo que sea de interés y en parte porque soy una autora de narrativa más instintiva que técnica. Esto no quiere decir, por supuesto, que conciba la escritura como un acto prácticamente inspiracional. Para nada. Es sólo que el mecanismo narrativo en mí está demasiado interiorizado como para intentar diseccionarlo, o aun desear hacerlo. No completo plantillas de personajes, no uso sistemas de construcción previa de argumentos, no busco consejos en gurús de la escritura a los que sin embargo jamás les he leído ficción sincera alguna. Puedo leerlos y rescatar algunas ideas, pero no llego a pensar que sus palabras puedan entregarme respuestas a preguntas que ni ellos ni nadie más que no sea yo conoce.

Esta aclaración me sirve para introducir esta entrada, pues no hablaré de la parte más técnica de la escritura de La niña que salió en busca del mar. Los datos concretos al respecto son atípicos: me demoré alrededor de dos meses en terminar la historia, teniendo apenas una imagen previa como punto de partida, y la reescritura a su versión definitiva (posteriormente editada por Felipe Real) fue mínima. Como todas mis novelas LIJ, el caso de esta obra no es una de la que se pueda sacar algo en limpio en cuanto a su proceso de creación, entendiendo como tal rutinas de trabajo, planificación o giros premeditados. Me gusta mucho escribir LIJ porque las historias me salen fluidas, lo paso estupendamente bien y siempre termino encontrando giros inesperados que me emocionan mucho hacia sus desenlaces.

Sin embargo, creo que hay algo mucho más importante que puedo revelar aquí: mis fuentes de inspiración. En otras palabras, el imaginario que invoqué constantemente a lo largo de aquellos dos meses para crear el de mi novela y que, como suele ser habitual en mí, se sostiene mayormente en la música.

La música es una parte fundamental de mi vida. Muchas de mis historias han nacido de lo que me he imaginado y visto oyendo sus melodías, sobre todo en temas instrumentales, en su mayoría bandas sonoras de videojuegos. En ese sentido, la música en mí no tiene sólo un valor complementario al acto mismo de escribir, sino fundacional. Después de todo, las palabras también tienen cadencia, y también cantan su propia melodía. Y las melodías, qué duda cabe, también cuentan historias.

En el caso de La niña que salió en busca del mar, necesitaba música que me conectara con un imaginario marino o al menos acuático, y con una emocionalidad nostálgica, desolada, llena de tristeza pero también de belleza. En otras palabras, necesitaba música que destacara la esencia de Fantasía del mar.

Si bien recabé bastantes temas acuáticos que se convirtieron en fieles acompañantes por varios pasajes de la historia (como "Turn Loose the Mermaids" o "The Islander" de Nightwish, que serían perfectos de no ser por la voz no-fantasy de Anette Olzon), existen al menos dos discos íntegros que, para mí y dentro de lo que he oído, recrean con gran fidelidad diversos aspectos de este imaginario del mar. Estos son Old Stories de Giants (post rock) y Aquaria de Alec Holowka (banda sonora de un videojuego indie de la desaparecida Bit Blot). 

El primero ahonda en el mar como una entidad viva, serena, pero capaz de embravecerse rápida e injustificadamente, al menos desde la lógica humana. Los riffs, asimismo, recrean en su sonoridad el oleaje marino y sus distintas intensidades. Esto hizo que este álbum se convirtiera en mi referencia para crear al personaje del mar, una criatura llena de memoria y emociones a flor de espuma. Uno de los temas destacados es "O' Tide" (maravilloso nombre, por lo demás), que reitera una melodía nostálgica para luego explotar en una tormenta de sentido.


"O'Tide"

El otro es "Sleeping False Idol", que a mi juicio expresa la intensidad creciente a la que puede llegar el mar en su entusiasmo, culminando finalmente en un oleaje sereno y satisfecho.


"Sleeping False Idol"

Aquaria, por su parte, es una experiencia completamente distinta, porque su música ya forma parte de la estética de una historia de Fantasía. Publicado en 2007, Aquaria fue toda una revolución en la industria de los videojuegos indie, siendo uno de los primero hitos de una tendencia, por fortuna, que cada vez logra más potencia: la creación de videojuegos como manifestaciones narrativas de valor estético y emocional. Aquaria narra la historia de Naija, una criatura acuática antropomórfica que un día despierta sin recuerdo alguno de su vida en las profundidades del océano y que se lanza en un incierto viaje por el mundo acuático para recuperar sus memorias... o crear nuevas. 

La historia de Naija es la historia de una mujer sola en busca de respuestas en un mundo hostil que parece haber olvidado su existencia, y que en su viaje va despertando las memorias necesarias para conocer y asumir su identidad y propósito de vida... Que es también la historia de mi Adriana (y, para el caso, de prácticamente todos mis personajes femeninos, y hasta de mí misma, si se quiere). 

Aunque el disco entero es un viaje íntegro, difícil de fragmentar para su comprensión, puedo destacar al menos dos temas: "Traveller" y "Remains". "The Traveller" representa el espíritu aventurero de quien recorre aguas distintas en busca de respuestas.


"The Traveller"

"Remains", en tanto, recrea la sensación de soledad y desconcierto de Naija al descubrir las ruinas y recuerdos sumergidos de lo que parece haber sido una civilización muy avanzada, similar a ella. 


"Remains"

Creo que estos dos temas reflejan bien dos de las emociones más recurrentes (y, quizá, contrapuestas) en la experiencia de Adriana: la entusiasta sensación de hacer un viaje interno para encontrar consuelo y esperanza y la nostalgia por un pasado que, aparentemente, jamás va a recuperarse.

El factor emocional y estético particular de esta obra caló tan hondo en mí que me salté todo protocolo y decidí incluir como epígrafe algunos versos de su tema de cierre, "Lost to the Waves", que además fue el tema que elegí como acompañante en la escritura de las palabras finales de mi historia. Siento que, de alguna forma, condensa en su sonoridad y letra el conflicto personal de uno de los personajes más importantes de la historia junto a la propia Adriana y al mar y, en suma, el espíritu de Fantasía la obra


"Lost to the Waves"

Con ese imaginario en el corazón fue como La niña que salió en busca del mar. Sin embargo, ¿cómo podría intentar extender aquello que yo había narrado en palabras a experiencias artísticas de naturaleza similar a las que tanto me habían inspirado? En otras palabras, ¿cómo dar con una portada o una melodía que representara fielmente la historia de la obra? De eso hablaré en la próxima de estas pequeñas crónicas de  La niña que salió en busca del mar, donde comentaré la ilustración de portada y revelaré, ¡al fin!, su booktrailer. ¡Nos estamos leyendo!

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Columnas: Michael Ende o la Fantasía como subversión

El 12 de noviembre de 1929 nació Michael Ende, uno de los más grandes autores de Fantasía, y también uno de los más enérgicos y subversivos. Esta columna es un homenaje para destacar la relevancia de su desafiante propuesta estética en Momo y La historia Interminable.

En un día como el de ayer, hace ochenta y cuatro años, nació Michael Ende, uno de los más grandes autores de Fantasía que nos ha dado este mundo, y también uno de los más enérgicos y subversivos.

De buenas a primeras, parecería difícil asociar ambos términos con aquellos imaginarios desde los que Ende escribía, a saber, la Fantasía y la literatura infantil y juvenil (LIJ), pero en realidad este desconcierto sólo se debe a una mirada reduccionista de ambas. 

Desde los orígenes de las primeras comunidades, la Fantasía ha tenido un rol fundacional y esencial al momento de hacernos intentar aprehender la experiencia de estar vivo en un mundo como el nuestro, expandiendo a través de la imaginación humana los límites que la inmediatez y concreción del realismo nos han impuesto. Límites, desde luego, engañosos, en la medida en que la existencia y su sentido trascienden lo que se puede percibir con los sentidos. Esa certeza irracional, la misma que hace que nuestros ojos derramen lágrimas sin ninguna lógica ante una emoción potente, es lo que la Fantasía acoge y amplifica a partir de la ficción, para convertirse en algo más importante y cierto que la realidad: en la Verdad

La Fantasía, en suma, es la única verdad humana, un imaginario y una experiencia que son lo suficientemente intensos como para extraernos de las altas barricadas de la realidad, sólo para devolvernos con una mirada lo bastante renovada como para entender que este mundo es algo más que un estéril campo de batalla.

¿Y qué decir de la literatura infantil? ¿Qué tiene que ver la Fantasía entendida como verdad con los niños? Pues no hay nada más importante y serio que un niño jugando o escuchando una historia de su agrado. La ficción sostenida en esos momentos es más real que la realidad misma, y más hermosa y entretenida también. Pero la verdadera ficción infantil no es sólo aquella que tiene como público objetivo a los niños, porque las historias, las buenas historias, no son desechables con los años. La verdadera ficción infantil debe ser una historia contada a ese espíritu de niño que cualquier ser humano anida en su interior, probablemente más o menos dormido por la banalización y tergiversación de lo que significa ser adulto en el mundo contemporáneo. Se trata, por cierto, de un niño que no tiene necesariamente que ver con todo aquello que también forma parte de la naturaleza de los más chicos: egoísmo, malcrianza, crueldad, manipulación. La ficción infantil apela más bien a una destilación de aquellas características que los niños suelen ir perdiendo en el tiempo, como la inocencia, la esperanza, la fe, la imaginación creadora.

Ni la Fantasía ni la literatura infantil, entonces, son inferiores o escapistas, sino una forma distinta de aproximarse a la experiencia humana. Una vía que se vale de las formas superiores de la imaginación en tanto creadora de universos para brindarnos la esperanza de traspasar esa renovación de la mirada a nuestra propia realidad.

Tal es el legado de los más grandes autores de Fantasía y LIJ, desde precursores como George Macdonald hasta el último bastión que actualmente sostiene Ursula K. Le Guin, pasando por renovadores como J.R.R Tolkien o C.S Lewis… Y Michael Ende. 

Pero, naturalmente, la imaginación humana desborda toda categoría, y más aún si se yergue a través de la palabra. Cada uno de los autores mencionados anteriormente ha creado sus propios universos de Fantasía y ha desarrollado aquellos temas, inquietudes o intereses que les eran propios, según sus propias experiencias humanas. El caso de Michael Ende, en este sentido, cobra inusitada relevancia en los tiempos que corren, en el que nuestra sociedad se ha aprovechado del poder cautivante de la ficción y, en especial, de la misma Fantasía, para prostituirla al servicio del consumo, el ego y el comercio

Hoy en día, por desgracia, la Fantasía no está pasando por sus mejores días, como muchos podrían pensar ante la avalancha de nuevas obras que revientan el mercado editorial. Como avalanchas, simplemente se arrastran, aniquilando toda reflexión y todo sentido a su paso, consumiéndose en sagas eternas, con portadas vistosas (o no tanto) e historias tan llenas de aire como bolsas de papas fritas. Mientras tanto, los grandes autores de nuestro imaginario son cada vez peor leídos, cuando no derechamente ignorados o rechazados con la misma rebeldía idiota del adolescente que se va de casa porque sus padres no lo dejan vivir la reventada vida que desea.

Por culpa de esta mediocridad y cobardía de la nueva fantasía (con f minúscula, como la falsedad), la Fantasía que amamos es metida con aquélla en un mismo saco, debiendo cargar con fardos tan injustos como el del escapismo, la puerilidad, el egocentrismo y hasta la falta de valor estético.

Pero la Fantasía verdadera es justamente lo contrario. Es todo aquello que la imbécil estrechez del realismo y el nihilismo han desestimado: redención, esperanza, memoria, nostalgia, eucatástrofe. Es, finalmente, la expresión máxima del que acaso sea el único sentido del arte que en verdad importa: el deseo y la voluntad de hacer de nuestra vida y de nuestro mundo algo mejor.

¿Cómo es posible que esté expresando todas estas ideas tan sublimes sobre la Fantasía de una manera tan enérgica y confrontacional? ¿Es posible, siquiera? Sí, lo es. Y quien mejor lo ha hecho, porque lo hizo desde la propia ficción, las propias historias, no ha sido otro más que el propio Michael Ende.

Podría decirse que Ende expone dos principales temáticas en sus obras más reconocidas: la infancia y juventud amenazadas por el vacío y sinsentido de los valores contemporáneos, y el horror de una sociedad que ha banalizado y ridiculizado el poder de la ficción, sobre todo fantástica, hasta el punto del infantilismo, la inutilidad o la mentira. Son precisamente estos dos temas los que permean, respectiva pero a la vez entrelazadamente, Momo y La Historia Interminable.

En la primera novela, la protagonista es una niña que tiene el maravilloso don de escuchar a la gente, atención que deriva en que las personas de pronto vean surgir en sus mentes nuevos pensamientos, alternativas o soluciones. Momo es tremendamente sencilla e imaginativa, y acaso por esas cualidades se convierte en la única capaz de hacerle frente a la amenaza de los Hombres Grises, entidades que pretenden engañar a las personas con la falsa creencia de que la productividad o proactividad son las mejores formas de ahorrar tiempo para el futuro. Y, por supuesto, ni los juegos ni las historias son muy productivos, ¿no?

Podría parecer una historia alegórica y moralista, en todo caso, ¿verdad? Pues no lo es. El genio de Ende estriba en ceñirse a la aplicabilidad antes que a la alegoría. Y, además, al leerse esta historia como de verdadera Fantasía, comprendemos que no hay intención pedestre alguna tras sus palabras. Hoy en día proliferan obras de buenas intenciones, quizás similares en su superficie a las críticas que expone Momo, pero en realidad ni estos autores creen en lo que están escribiendo. Ende cree cada una de sus palabras. Se nota. Porque es un autor de Fantasía

Y uno subversivo, además, que no tiene ningún problema en denunciar con igual ferocidad el asesinato de la imaginación por el consumismo y las prácticas del tal Marxencio Communo, que juró estar haciendo un mundo completamente nuevo… a partir de los mismos elementos que el viejo. Después de todo, aunque ubicados en extremos opuestos, ambos escenarios ilustran la pobreza de la radicalidad humana cuando valora más el discurso vacío antes que la vida del día a día, que lo mismo se nutre de la cotidianidad más vulgar que de la imaginación más intrépida.

Porque, desde este punto de vista, la subversión de la ficción infantil se nutre de la Fantasía para trascender los típicos temas incómodos que han sufrido históricamente de censura. En otras palabras, los típicos clichés temáticos que suenan serios e interesantes y que, sin embargo, podrían resultar tan perfectamente idiotas como cualquier otro de ser escritos sin sinceridad y sin talento. Me refiero, claro está, a los temas políticos y sociales vigentes, que de cuando en cuando se trabajan con bastante éxito (de crítica) en la LIJ.

Al respecto, no se puede dejar de mencionar que, en su tiempo, Ende fue víctima de una persecución bastante patética por parte del sector crítico de Alemania ante sus obras infantiles y juveniles, por carecer éstas precisamente del tufillo político, ideológico y panfletario que se esperaba en la producción nacional. Este injusto acoso finalmente causó que el autor se mudara a Italia, lo que no impidió que sus trabajos comenzaran a lograr notoriedad internacional y un gran aprecio por parte del público lector infantil.

Y es que con él se cometió el mismo error que actualmente se comete con el género fantástico: confundir las obras escapistas y falsas con la verdadera Fantasía. Por supuesto que ésta no tiene el deber de promover o criticar un discurso o ideología concretos, porque su mirada está posada en algo mucho más relevante: aquellas sombras en el espíritu humano que motivan la creación de estos torcidos juegos de poder y crueldad, y que convencen a la gente de que son necesarios, importantes, adultos. La Fantasía trasciende esta contingencia quebradiza y narra desde el origen de nuestras sombras, intentando proveernos de una luz que podamos llevar, aunque sea protegiéndola con una sola mano, de regreso a nuestra realidad. 

Y Ende, en especial, logró entregarnos una luz particularmente refulgente, en contraste con la oscuridad que reveló en sus obras.

Cuánto más crudas son sus críticas a la desvalorización de la ficción en la vida humana que la de otros autores respecto a determinados regímenes o atrocidades políticas. Porque, pensándolo en detalle, en realidad lo segundo es en parte consecuencia de lo primero. Cuando arrojamos de nuestra memoria la sensación de comunidad en torno al fuego al momento de leer u oír una historia, cuando sólo creemos en los resultados rígidos y cuantificables de las ciencias duras como triunfo de la lógica; y, en fin, cuando cuando perdemos la capacidad de estremecernos ante las historias y el devenir de seres que no existen en este mundo pero que podrían hacerlo, en una dimensión distinta de la realidad, la ficción se degrada a su contraparte más asquerosa: la mentira, un instrumento para crear máscaras y estatuas falsas, para dañar, para destruir.

Es lo que se cuenta, más que denunciarse, en La Historia Interminable: cómo la crueldad y estrechez de espíritu de los seres humanos no sólo amenaza con destruir Fantasia, el mundo en donde convergen todas las ficciones que importan, sino también, por extensión, el mundo real:

Por eso los seres humanos odian y temen a Fantasía y a todo lo que procede de aquí. La quieren aniquilar. Y no saben que, precisamente así, aumentarán la oleada de mentiras que cae ininterrumpidamente en su mundo... esa corriente de seres desfigurados que tienen que llevar allí una existencia ficticia de cadáveres vivientes y envenenan el alma de los hombres con su olor a podrido. Los hombres no lo saben. ¿No es gracioso?.

Ni el propio protagonista, logra mantenerse al margen de estas sombras, demostrando que el corazón de un niño de verdad también puede verse afectado por la crueldad de la realidad. Bastián no es un niño esencialmente bueno, como la caricatura barata, dócil y medio estupidizada que algunos adultos insisten en escribir en sus ficciones para ocultar el fracaso ético de su propia sociedad y de sus propias vidas. Sin embargo, tampoco es un niño déspota o banal, como abundan también en otras historias contemporáneas bajo el pretexto de acoger al agresor (como si el impulso de hacer daño a otros no fuera siempre responsabilidad personal, sin importar la edad) o de acercarse a la cotidianidad más elemental de los pequeños (como si el mundo de los niños no fuera ante todo imaginación y sueños). Bastián es un niño con problemas tan complejos como la sensación de abandono en su relación con su padre y el acoso de parte de otros. 

La diferencia en Bastián estriba en que él no es un cobarde como los demás, aunque eso no lo comprenderá sino mucho después. Pudiendo haber optado por la traición a su identidad, ya fuese incorporándose a los modos aceptados por los otros niños o derechamente haberse vengado de ellos, este chico rechoncho y de lentes prefirió encontrar refugio en las historias. La coherencia es absoluta: a la ruindad y bajeza de las agresiones, oponerle la verdad de la Fantasía.

Por supuesto, es justamente este repliegue el que le permite a Bastián enfretarse a lo mejor y peor de sí mismo, al ser la Fantasía un espejo que no admite mascaradas en su reflejo. Lo mejor, porque es a través de ella que descubre su valentía y sinceridad, al comprender el importante rol que tiene para salvar Fantasia y que no puede ser cumplido por ninguna otra persona; lo peor, porque el contraste entre el dolor de su plomiza realidad con las infinitas posibilidades que le brinda Fantasia le hace extraviar su Nombre y, con él, su identidad y memoria humana.

En este sentido, el viaje de Bastián no es fácil de comprender en toda su plenitud para quien no sea un Fantasista, pues Bastián mismo es uno. Quienes sólo sean apasionados lectores probablemente interpretarán su auge y caída como el encanto y los riesgos de la inmersión en la ficción, pero esta historia va mucho más allá. 

Es la historia del desgarro y la maravilla que supone la Fantasía en nuestras vidas: la escición de estar aquí y allá a la vez, de soñar con ver dragones en el viento de la mañana y que ya no nos importe lo que pueda ocurrir después; de ser quienes somos en realidad, no esta persona que está ante el computador redactando a escondidas un homenaje como este en su horario de trabajo de oficina, sino alguien que sueña, que crea, que cuenta historias que vive

Y, por otra parte, la historia de una ida y una vuelta, de una renovación de la mirada, de una nostalgia que pesa como ningún otro sentimiento en el corazón, de un recuerdo que es todo el presente que necesitamos para seguir adelante, creyendo en la esperanza de que sí, haya o no un sentido externo para nuestra existencia humana, da igual: la Fantasía nos da las herramientas necesarias para que moldeemos el que queramos, un Nombre Verdadero que contenga todo cuanto somos, que nos insufle vida en nuestros frágiles corazones, nos alce este mortal velo de temor, se lleve estas esperanzas desmoronadas y nos eleve más allá de nuestras preocupaciones terrenales.

Es imposible no terminar La Historia Interminable (¿terminarla?) y no sentir que, al igual que Bastián con su padre, a pesar de todo, hemos podido traer el Agua de la Vida a nuestra realidad.

Esa es la importancia última de la Fantasía, su subversión, al atreverse a contar todo cuanto nuestro mundo contemporáneo nos fuerza día a día a olvidar: que somos mucho más que quienes vemos en el reflejo de nuestros espejos, que todo espejo se puede atravesar y que, de hecho, nuestro verdadero reflejo está en aquello que en Ende se llama Fantasia y, en Tolkien, Fäerie.

Esa es la importancia de las historias de Michael Ende. Gracias por todo, Michael.



Otros textos que he escrito sobre Michael Ende:

• Reseña crítica de Tranquila Tragaleguas

Importancia sobre la Literatura Infantil (II): Autores de Fantasía LIJ

Ponencia "Ni pueril ni fantasioso: La Historia Interminable de Michael Ende como exponente de la poética de la Literatura Infantil Fantástica" (III Congreso Internacional de Literatura para Niños, 2012)

miércoles, 30 de octubre de 2013

Personal: Las historias de La niña que salió en busca del mar

¿Qué historia cuenta mi novela "La niña que salió en busca del mar"? ¿Y cómo nació esta historia, antes de ponerme a escribirla? De eso trata esta entrada, a partir de recuerdos, reflexiones y anécdotas que estuvieron presentes conmigo a lo largo de todo este proceso.

Al fin estoy de vuelta del lanzamiento de La niña que salió en busca del mar, tras una amena charla de discusión en donde nos encargamos de elevar la voz de la Fantasía y de la LIJ, a través de las propias voces de Adriana y del mar, los protagonista de mi primera obra LIJ publicada. En esta entrada quiero ahondar en algunos de estos aspectos, a modo de reflexión transcrita de lo que se conversó en esa instancia y de comentarios personales sobre esta historia.

Para comenzar, ¿qué mejor que hacerlo con las primeras preguntas que solemos tener como lectores al momento de encontrarnos con una obra de ficción? Éstas son al menos dos: «¿De qué se trata tu historia?» y «¿Cómo vino esa historia a ti?». Como he mencionado en otras entradas, estas dos preguntas corresponden a las dos historias presentes en toda novela: la historia que ésta cuenta entre sus páginas y la historia que explica su origen, o cómo esta historia logró escribirse de esa forma en particular en aquella novela.

La primera interrogante, por lo general, se responde en la contraportada del libro. En el caso de esta historia, la contraportada señala lo siguiente:

Tras mudarse con sus padres de la costa a la capital y separarse del mar, su único amigo, la pequeña Adriana comprenderá que no hay distancia que pueda romper una amistad, cuando las decisiones se toman con la sinceridad del corazón. 
En un pueblo pesquero de tradiciones arcanas cada vez más olvidadas, Adriana se ve obligada a dejar atrás el mar cuando sus padres deciden iniciar una nueva vida en la ciudad. Arrastrada al principio por la tristeza y la nostalgia, la niña irá descubriendo el verdadero valor de la amistad y un secreto familiar que podría cambiar para siempre su propio destino...

Estas líneas identifican a los protagonistas (una niña llamada Adriana y el mar, un personaje más), los espacios (el pueblo costero donde Adriana ha vivido toda su vida y la ciudad a la que se ve forzada a vivir), el conflicto (Adriana se ve separada del mar cuando se muda con su familia a la ciudad) y, finalmente, el tipo de historia que se ha de contar a partir de estos elementos: cómo Adriana se sumerge en su tristeza y nostalgia ante esta pérdida y cómo lo hace para emerger poco a poco de ellas, a medida que emprende un viaje interno para reencontrarse con el mar. Será este viaje lo que la llevará a conocer importantes revelaciones sobre su naturaleza y a tomar una importante decisión.

Quizá a alguien le pueda llamar la atención la presencia de expresiones como «sinceridad del corazón» o «valor de la amistad» en la contraportada. ¿No se supone que he llenado ya líneas y líneas en contra del didactismo y la moralina en la literatura infantil y juvenil? ¿Por qué uso expresiones tan cursis en la sinopsis de mi propia obra?

Pues porque no son cursis en realidad. Son lo que son.

De un tiempo a esta parte he estado reflexionado sobre la sinceridad y el valor que les asignamos a las palabras en la ficción, un tema que me parece crucial en la Fantasía, donde cada palabra es lo que enuncia y la responsable de crear mundos imposibles. Cuando escribimos «corazón» o «amistad» en una obra, ¿qué estamos diciendo en realidad? En muchas obras contemporáneas de corte realista, sean para niños o adultos, estos términos suelen aparecer banalizados, limitados o edulcorados. En otras palabras, se usan conceptos potentísimos como fachada para ocultar un puñado de mentiras, lo que origina la no menos falsa creencia que sólo los adjetivos y expresiones más duros son verdaderos o, cuando menos, aceptables.

Al momento de volverme sobre mi propia historia, sin embargo, sentí que no había mejores conceptos que explicaran la sinceridad del corazón con que Adriana finalmente toma su decisión, o el verdadero valor de su amistad con el mar... pues, justamente, que escribiendo «sinceridad del corazón» o «valor de la amistad». Recordé también que, a mis 10 ó 12 años, no tenía problemas con encontrarme con este tipo de conceptos cuando se les hacía justicia a su Nombre en el transcurso de la historia. Creo que tanto la suavización exagerada como la dureza impostada son igualmente repulsivas, porque ninguna es sincera.

Otra de las cosas que podría llamar la atención a partir de la contraportada y de mi breve sinopsis es que la Fantasía no tenga una presencia explícita en ellas. Justamente, uno de los temas que se abordó en el lanzamiento de la obra fue el hecho de que nada en el principio de la obra, fuera de la Voz del mar, remitiera a la Fantasía. ¿No se supone que he llenado ya líneas y líneas en defensa de la Fantasía como la expresión superior del arte?

Pues fue eso una de las cosas más entretenidas de escribir: el pleno estallido de la Fantasía en el clímax, a través de la revelación de aquel secreto que mueve a la protagonista a tomar una decisión irrevocable, con pérdidas inevitables sea cual sea el camino que elija para sí.

¿Puede un niño tomar decisiones así de relevantes? Yo creo que sí; recuerdo tanto haberlas leído en obras infantiles como haberlas tomado en mi propia infancia. Por supuesto, en Fantasía siempre me ha parecido que este tipo de bifurcaciones han de ser mucho más desgarradoras, así que me dejé arrastrar por eso... como si se tratara del oleaje del mar.

De la misma forma, atreviéndome a estar a la deriva de la ficción fue como se dio el origen de esta historia.

Se suele creer que muchas historias nacen de eventos personales concretos que experimenta el autor y que luego ficcionaliza en su obra: la típica creencia de que sólo puedes —debes— escribir de lo que conoces. Pero en Fantasía, cuando estás creando mundos imposibles con tus palabras, lo único en lo que puedes inspirarte para seguir escribiendo es en tu imaginario personal y en tu experiencia humana desnuda, fuera de la contingencia de nuestro propio mundo. Cualquier intento de encontrar en la vida privada del autor de Fantasía claves bien delimitadas para interpretar sus obras, es un despropósito alegórico.

Explico esto para confesar que el viaje de Adriana de su pueblo costero a la capital no tiene nada que ver con mi propia mudanza de Viña del Mar a Santiago, a inicios de 2013. La ciudad a la que ella llega no es Santiago, sino una condensación de una capital tan grande y modernizada que no tiene ya historias propias, ni memoria: una urbe como cualquier otra de nuestra sociedad contemporánea.

El pueblo costero sin nombre donde vive la niña, por otro lado, no es una representación o correlato de Viña del Mar, ni Valparaíso, ni ningún otro puerto de nuestro mundo. En realidad, se trata de un puerto que es todos los puertos, al contener su esencia, pero que a la vez no es ninguno, porque reposa en él un legado de Fantasía único, que disfruté mucho crear.

Aún más: esta novela la escribí a inicios de 2012, alrededor de un año antes de que efectivamente comenzara a vivir en Santiago. 

Originalmente la historia llevaba el título Lejos de dónde, inspirado en el título de un libro de Claudio Magris, que no tenía absolutamente nada que ver con la temática ni con la Fantasía ni con nada que me interesara demasiado, pero que había provocado curiosas resonancias en mi mente. En ese sentido, su inspiración se debe exclusivamente a mi imaginario personal y a mis experiencias de vida, desde mi infancia, ante el mar como una voz eternamente presente.

Mi Lejos de dónde había sido escrita pensada para conformar un libro ilustrado con escaso texto, cuyo destino era ser complementado a través de ilustraciones. Sin embargo, como no sé dibujar y como no pude encontrar a nadie que quisiera participar como ilustrador del proyecto, decidí cambiar el enfoque y reescribirlo como mejor sabía hacerlo: como una novela tradicional. En el proceso de reescritura, entendí que la obra ya desbordaba el críptico título original; reemplazarlo por La niña que salió en busca del mar me pareció entonces mucho más enfático y bonito. 

Para terminar, debo confesar que aun cuando ésta no sea la primera obra LIJ que haya escrito, ni aquella a la que le tengo más cariño, guarda una curiosa anécdota que vale la pena contar.

Ésta empezó el día en que me vi en una situación similar a la que le había escrito a Adriana. Fue increíble poder volver a su historia como lectora y encontrar en ella la experiencia que necesitaba para enfrentarme a un cambio tan drástico como el que tuve que vivir. No podría pensar en esto como un refuerzo ético o moral en realidad, pues la historia de Adriana y su amigo no me enseñaron nada en particular. Yo no me vine a Santiago por veredicto de mis padres, ni me vi enfrentada ante una decisión tan tremenda como la que tuvo que tomar esta niña: no hubo correspondencia directa. Sin embargo, nuestras experiencias desnudas fueron las mismas: sincero mi dolor de separarme del mar de la V Región fue como el de Adriana al separarse de su propio mar; sincera mi repulsión ante Santiago y su gente hostil fue como el de ella al llegar a la capital, con todos esos niños estúpidos. Y sincera también, por último, mi voluntad de preservar la experiencia del oleaje en mi memoria a pesar de todo.

Pero tuve que esperar un poco más para darle un verdadero sentido a esta anécdota, hasta el día en que volví a Valparaíso, tras meses de ausencia, para arreglar algunos temas con la editorial que publicaría la novela. Al llegar, decidí pasar al Muelle Barón para reencontrarme con el mar. Al tenerlo frente a mí luego de tanto tiempo, supe que en realidad siempre había estado conmigo, en mi imaginario y en mis palabras

Entonces recordé una vez más por qué amaba tanto leer y escribir Fantasía.

lunes, 14 de octubre de 2013

Personal: Lanzamiento de mi novela La niña que salió en busca del mar en FILSA 2013

Detalles sobre el próximo lanzamiento de mi novela infantil de Fantasía La niña que salió en busca del mar, a realizarse el sábado 26 de octubre a las 13:0 hrs. en la FILSA 2013, sala Nemesio Antúnez. ¡Están todos invitados…!

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¡Sorpresa!

Hoy dejo las reflexiones, la euforia y la furia a un lado y las reemplazo por alegría: tengo el agrado de contarles a todos que por fin, luego de doce años de empezar esta aventura, publicaré La niña que salió en busca del mar, mi primera novela en ser editada y mi segunda novela infantil de Fantasía.

La obra, postulada por las Ediciones Universitarias de Valparaíso al Fondo del Libro 2013, resultó favorecida con el monto suficiente para financiar una primera edición tras obtener un puntaje de 98.75/100 ponderados, contando con la siguiente fundamentación de la evaluación del comité: «Una propuesta interesante de literatura infantil, una perspectiva refrescante y una ambición admirable de crear literatura duradera infantil. Autora fue finalista en el Premio Barco de Vapor y participa en varias instancias de edición y crítica en internet».

Si bien pretendo escribir una serie de entradas temáticas sobre la novela, ésta en particular es para anunciar tanto su publicación como su próximo lanzamiento, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Santiago 2013 (FILSA 2013).

La cita es el día sábado 26 de octubre, a las 13:00 hrs. (GTM -4:00), en el Centro Cultural Estación Mapocho (Metro Cal y Canto, Línea 2). Esta es la página del evento en Facebook.

Esta es la invitación oficial para el evento, que permite la entrada gratuita a la feria presentándola una hora antes:



La presentación del libro, a cargo del escritor José Luis Flores y del editor Sebastián Garrido, será en la sala Nemesio Antúnez, ubicada en el ala derecha del segundo piso. Este mapa indica dónde:

Plano de las salas de FILSA (Imagen: Centro Cultural Estación Mapocho)
Espero recibir su visita ese día para discutir sobre Fantasía y Literatura Infantil. Y, naturalmente, espero que esta breve novela sea de su agrado. Si no es el caso, estaré encantada de irme a duelo con quien sea para defender su honor ;) (Sólo bromeo: mis obras se defienden solas; son tan mujercitas como su autora, que odia el lloriqueo).

Aprovecho de agradecer a todos aquellos que han estado compartiendo conmigo libros, críticas y lecturas sobre la importancia de la Fantasía a lo largo de estos tres años, pero quiero destacar especialmente a algunas personas que me prestaron desinteresadamente su apoyo en este proyecto.

Sebastián Garrido, John Leyton, Diego Barrera y Felipe Real: sin su apoyo desinteresado, la edición de mi libro habría tenido muchísima menos calidad que la que ahora tiene tras sus consejos y su ayuda.

Y Adriana, Mar, a ustedes también les debo agradecer. Esta victoria es suya y se la merecen. Espero haber estado a la altura de su historia.

Que este 26 de octubre sea un día de nuevos viajes y nuevos comienzos. ¡Nos vemos!

[Nota: las imágenes están en baja resolución porque la editorial me las mandó así... Espero disponer de archivos en calidad superior para las siguientes entradas, insistencia mediante, como siempre. En todo caso, basta con imprimir como sea la invitación para entrar]

martes, 1 de octubre de 2013

Ensayo: Importancia de J.R.R. Tolkien como autor de Fantasía (II)

En la 2º parte de este ensayo, distinguiré alegoría de aplicabilidad, analizando la coherencia de esta última con la Fantasía. Luego, analizaré elementos de la Fantasía identificados por Tolkien como poética y finalmente explicaré por qué aquélla es importante para mí.

tolkien, mythmaker, fantasy, aplicabilityEn la entrada anterior, comencé la primera parte de un ensayo destinado a esbozar algunas claves de la importancia de J.R.R Tolkien como autor de Fantasía. La iniciativa surgió como respuesta ante mi molestia al constatar que los únicos artículos chilenos difundidos a propósito de los cuarenta años de su muerte eran textos que se centraban en aspectos biográficos o socioculturales en lugar de literarios. Ante el vacío interpretativo y el prejuicio e ignorancia evidentes que expresan la lectura de Fantasía en Chile, me animé a escribir un ensayo no académico y muy personal sobre quien es considerado el autor más relevante de ésta, y sobre la que es valorada como su obra más importante: El Señor de los Anillos.

En la primera parte del ensayo me centré en la irrelevancia de las lecturas alegóricas hacia El Señor de los Anillos, no sólo porque estas interpretaciones no son literarias, sino también porque el propio Tolkien desmintió y refutó muchos de los argumentos más usuales esgrimidos para este tipo de visiones hacia su obra. Entre éstas, se citaron el supuesto paralelo entre la Guerra del Anillo y la Segunda Guerra Mundial o el presunto correlato religioso.

En esta segunda parte, me centraré en la distinción de los conceptos de alegoría y aplicabilidad, analizando por qué Tolkien prefiere éste último, como debiera hacerlo todo Fantasista. A continuación, expondré algunos elementos citados por el autor en su ensayo Sobre los cuentos de hadas, interpretándolos como una suerte de poética fantástica. Finalmente, concluiré el ensayo en sus dos partes intentando explicar por qué todos los aspectos desarrollados anteriormente son importantes para mí como autora y lectora de Fantasía.

De los grilletes del autor a la libertad creadora: alegoría y aplicabilidad

Para empezar, entonces, conviene recordar el punto en que habíamos quedado en la primera parte: el sinsentido de la lectura alegórica en El Señor de los Anillos, en Tolkien, en la Fantasía. Si ésta es tan recurrente, lo natural es suponer que hay algo en ella que la hace destacar como la interpretación más válida para éste género... descontando, por supuesto, que quienes la hacen sepan tan poco de Fantasía o de literatura que no se les ocurra ninguna otra forma de aproximación pertinente.

De modo que el primer cuestionamiento que surge es el siguiente: ¿por qué alguien pensaría que un enfoque alegórico podría enriquecer la lectura de la Fantasía? 

En relación con el aspecto alegórico, Tolkien la contrastaba con el concepto de aplicabilidad. Esto es de fundamental importancia no sólo para entender la obra del inglés, sino también para comprender la esencia de la Fantasía, de ahí que sea tan grave que algunos las confundan irresponsablemente. En palabras de Tolkien:

I think that many confuse 'applicability' with 'allegory'; but the one resides in the freedom of the reader, and the other in the purposed domination of the author.

[Creo que muchos confunden la "aplicabilidad" con la "alegoría"; pero la primera reside en la libertad del lector, y la otra en la intencionada dominación del autor.]

¿A qué se refiere el Profesor con esto? Pues a que la lectura alegórica (o alegoresis), por lo general, es válida sólo en la medida en que se busque interpretar el texto según una única lectura que su autor ha encubierto. Es decir, la alegoresis no lee una obra por lo que es en sí misma, sino por aquel sentido oculto (generalmente sociocultural, religioso o ideológico) que podría extraéserle tras negar la relevancia estética del sentido original. En esta entrada del Reino Peligroso puede leerse un breve pero contundente artículo que asimismo desestima y repudia la alegoresis en la Fantasía; su origen fue, precisamente, largas conversaciones que sostuve con su autor a propósitos de las mediocres columnas que algunos medios chilenos habían publicado sobre Tolkien. De estas amenas y furibundas charlas nació también su columna "Basta de lecturas biográficas de la obra de Tolkien", que es bastante explícita en su título como para glosarla aquí.

Retomando la alegoría, intentaré explayarme un poco más. Suelo usar como ejemplo el acto de leer el enfrentamiento de un héroe contra el dragón no como un enfrentamiento entre un hombre y una criatura fantástica, con todo lo que ello implica (una lucha compleja, quizá tanto física como de ingenio), sino como una representación del enfrentamiento de este hombre con sus propios temores. En este caso, el dragón es anulado en su naturaleza fantástica —y aun como personaje—, para convertirse en una concreción de los miedos del héroe.

Se tiende a pensar que este tipo de interpretaciones enriquecen la experiencia de lectura de una obra, pero estoy en desacuerdo. Creo que, sobre todo en Fantasía, terminarían extraviando una de las especificidades esenciales de ésta: la creación coherente de un mundo autónomo imposible. Si un dragón no se lee como un dragón, ¿para qué escribirlo como tal en primer lugar? ¿Por qué no desarrollar desde un principio los temores del protagonista a partir de otros aspectos? Si esto es lo único que nos importa, ¿para qué escribir Fantasía? 

Porque en Fantasía, un dragón sin duda despierta temores atávicos que nadie más que él podría despertar. Pero, por lo mismo, se trasciende el temor básico e instintivo hacia lo desconocido o lo salvaje. Un dragón es una criatura fascinante, que no tiene nada que ver con ninguna bestia similar de nuestro mundo. Y sin embargo, lo que algo así podría provocarnos potencia al máximo lo que podríamos entender por "fascinación", "miedo" o cualquier otra sensación de sobrecogimiento. Y esto es algo que sólo puede alcanzarse a través de la Fantasía bien escrita.

Lo anterior nos remite a la aplicabilidad. Si en la alegoría el autor pretendería que el lector encontrara sus pistas textuales y llegara a la interpretación que él esperaría, la aplicabilidad le da plena libertad al lector para que lea e interprete como quiera la obra... Pero con algunos alcances.

En otras palabras, la aplicabilidad en la Fantasía se trataría de apropiarse de la obra, pero así como la entiendo yo, siempre y cuando se haga de este sentido asignado algo personal y sincero, algo que tenga que ver con la propia experiencia humana de cada cual y no con imposiciones externas o tendencias interpretativas en boga. Es decir, no leer a la Fantasía como una cubierta que debe ser removida o decodificada para llegar a la verdadera pulpa, sino concebirla y disfrutarla como lo que es en sí misma. Leer en ella, insisto, lo que queramos leer. ¿Y queremos en verdad limitar la maravilla de los devenires de la Tierra Media y sus habitantes a una larga metáfora religiosa, social o política? ¿No tenemos ya bastantes obras que desarrollan de manera explícita estas aristas y que son a su modo trabajos geniales? 

Lo anterior me lleva a volver al cuestionamiento inicial: preguntarme en qué piensan las personas que intentan analizar El Señor de los Anillos o cualquier novela de Fantasía en términos alegóricos, o bien, al momento de considerar válidos u óptimos estos enfoques. A veces tiendo a pensar que, más allá de no alcanzar contemplar estas posibilidades ya desarrolladas, tienen miedo de reconocer que una historia de Fantasía los ha divertido y les ha hecho más sentido que el Ulises o la parte de los críticos de 2666. O, quizá, que efectivamente el alcance social, político o religioso es lo que le da espesor de trascendencia a una obra, si es que no se concibe a estos como lo más relevante en una sociedad como la nuestra.

Discrepo totalmente. Todo cuanto es de principal interés actual —política, cultura, sociedad, género— es subordinado a algo mayor: la humanidad. A causa de que se ha ido perdiendo la naturaleza de tal, con todo lo que ello implica, es que se han llegado a todo tipo de conflictos políticos, sociales, de género, de los cuales la Primera Guerra Mundial sería un ejemplo más. Ahora bien, la interrogante se desplazaría a lo siguiente: ¿qué es lo que hace que las obras de Fantasía en general, y El Señor de los Anillos de Tolkien en particular, manifestaciones artísticas que logran ser prácticamente atingentes y universales en su expresión estética?

La Fantasía no es real, sino verdadera

Como uno de sus más grandes exponentes, Tolkien no sólo sentó las bases estéticas de lo que hoy se entiende, a muy grandes rasgos, como Fantasía, sino que también fue uno de los más relevantes teóricos y críticos de ésta, con una rigurosidad académica extraordinaria, la que sin embargo no es falsa y pretenciosa como se entiende a la academia en nuestro país.

Al margen de su interés por los orígenes lingüísticos de la poesía anglosajona, a mi juicio Tolkien fue uno de los primeros autores en crear una poética consistente para sus propias creaciones literarias, si bien indirecta, en el famoso ensayo On Fairy Stories (Sobre los cuentos de hadas). En éste, el autor se dedica a analizar los cuentos de hadas como lector antes que como académico, pero en el trayecto hace muchísimo más de lo que sólo se enuncia en la aparente superficie.

Entre estos méritos a los que aludo, considero de suma importancia una embrionaria definición de mundo secundario y aquello que podríamos considerar a estas alturas como los cuatro componentes esenciales no ya sólo de los cuentos de hadas, sino de la Fantasía propiamente tal: la evasión, la renovación, el consuelo y la eucatástrofe. Todos estos, a su modo, derrumban con vehemencia la mayor parte de los prejuicios adosados a la Fantasía a lo largo del tiempo, ya sea por la ya recurrente ignorancia en la que he insistido o por la reciente proliferación de obras fantásticas de espantosa calidad artística.

A decir verdad, hay que aclarar que estos componentes no están presentes en el ensayo de Tolkien para desafiar determinada concepción sobre la Fantasía. De hecho, originalmente ni siquiera se presentan como componente esenciales para ésta, pues el autor considera el término “fantasy” como “elvish craft”, vale decir, como la capacidad misma para crear un mundo autónomo. Sí, exacto: no como un sugbénero literario, sino como una manifestación inherente al ser humano.

Para fines de este texto, sin embargo, se considerará válido retomar estos componentes —inicialmente planteados en tanto valores propios de los verdaderos cuentos de hadas— como propiedades de la Fantasía, ya que son plenamente coherentes con la visión e imaginario de las obras más relevantes y sinceras de ésta.

Me gusta pensar en ellos casi como una progresión: en principio, la Fantasía nos permite evadirnos temporalmente de nuestra realidad más inmediata, es cierto, pero no para escapar como cobardes o inmaduros, como suele pensarse. Tolkien emplea en su ensayo un símil con la figura de un prisionero: ¿llamaríamos cobarde a quien anhela alcanzar —o si quiera rozar— por unos instantes los verdaderos horizontes de la existencia humana, más allá de sus limitaciones terrenales? Creo que lo verdaderamente cobarde es negar que nuestra existencia sea algo más allá de lo que percibimos con nuestros sentidos… o considerar que este tipo de convicciones se restrinja exclusivamente a una creencia religiosa o espiritual. Personalmente, siento que esto tiene que ver con la facultad humana de crear y de proyectar a través de su imaginación un universo distinto, casi primigenio, en donde las palabras sean las cosas, donde cada color, fragancia, sonido y textura se sientan como si fueran la primera vez en que se perciben; donde las alegrías, las penas y las pasiones se abran como flores o estallen como frutas maduras; ¡donde todo —¡todo!— sea importante…!

Lo anterior nos lleva a la renovación: acostumbrados a la decadencia de nuestra cotidianidad, la Fantasía nos permite entrever una experiencia de vida distinta que podemos traer de vuelta para intentar devolverle a aquélla el estado que alguna vez debió —o debería— tener. Porque la Fantasía es, esencialmente, la historia de una ida y una vuelta; no es escapismo ni ornamento: es entrar en contacto con una realidad diferente a la conocida, una a la que no podríamos acceder por otros medios, e intentar traspasar esa visión prístina a nuestro contexto original, procurando hacer algo distinto de él, algo… consecuente, sincero, esperanzador.

Pero, desde luego, no puede haber esperanza sin un quiebre importante. ¿Cuál es la pena que la Fantasía consuela? Pues la de asumir que a pesar de nuestras naturales limitaciones humanas, siempre nos quedará la Fantasía como alternativa para detenernos un momento, cerrar los ojos, y abrirlos con una mirada distinta para aquella misma visión anquilosada.

Y es que la Fantasía, a mi juicio, es prácticamente la única expresión redentora real. Esto es la eucatástrofe: una experiencia que surge a partir de una pérdida, desgracia o pena inenarrable cuyo recuerdo renovado, no obstante, puede conducir a la liberación del espíritu. En última instancia, a la negación absoluta de la condena y el nihilismo, a los que se es tan fácil llegar por debilidad, y a la aceptación de una posibilidad de salvación que no niega la tragedia, pero que se sostiene en una esperanza que acaso sea lo único verdadero de nuestra existencia como hombres y mujeres errantes en un mundo como éste. 

Debo confesar que, de un tiempo a esta parte, me he sentido incómoda ante la recurrencia con la que vuelvo sobre estos componentes para referirme al imaginario y visiones de la Fantasía como expresión literaria y forma de vida. En ese sentido, he terminado llevando a cabo análisis de algunas obras para demostrar por qué éstas sí son dignas de ser llamadas historias de Fantasía, en contraste con esos textos fantasiosos que tan en boga están hoy en día y que se presentan como la única manifestación posible para el género. Salvando las naturales distancias, a veces me he preguntado si no estaré actuando como aquellos que emplean, por ejemplo, el monomito de Campbell como modelo de análisis (práctica que desprecio).

Pero entonces, cuando veo a mi alrededor y me encuentro una vez más con la ignorancia, el prejuicio y la mediocridad en torno a la Fantasía, empiezo a aceptar al fin que mis intenciones, aunque pretenciosas en la superficie, son comprensibles. 

No pretendo hacer un análisis superficial de una obra de Fantasía, uno que me permita zafar de un deber académico o ser publicada en un sitio cualquiera de literatura. Si vuelvo una y mil veces a estos conceptos es porque la primera vez que los leí en me impactaron muchísimo como lectora. Por entonces, ya llevaba un buen tiempo como fantasista redimida, y tenía ya mis propias visiones y concepciones sobre el género. Sin embargo, comprender de pronto que prácticamente todo cuanto pensabas o sentías al respecto estaba explicado de una manera tan profunda, sincera y elegante como lo había hecho Tolkien hacía tanto tiempo, fue casi una revelación

En esos momentos sentí lo que sólo mis obras ficcionales favoritas me habían causado: Este hombre me entiende. Este hombre, que ya no existe en este mundo y de quien sólo quedan sus mundos y sus palabras: este hombre pensaba y sentía como yo, pensaba y sentía como yo respecto a aquello que es el sentido de mi vida. Cuando más tarde leí algunos fragmentos de Los Monstruos y los Críticos o del “Prólogo a la Segunda Edición” completa de El Señor de los Anillos, la revelación se expandió aún más: este hombre intentó luchar de la misma forma en la que yo me siento luchar ahora contra aquellos que, en su incomprensión y desinterés absolutos por la Fantasía, insisten en afrentarla de las maneras más cobardes posibles.

Emoción y furia: es imposible no ser un poco fëanoriano cuando sólo tienes veinticinco años… y eres una mujer.

People who deny the existence of dragons…

¿Y por qué me importa tanto preservar aquello que estimo la esencia de la Fantasía? En otras palabras, ¿qué es lo que lo hace relevante para mi vida y mi estética personal como autora? Pues siento que la Fantasía salvó mi vida, desde un punto de vista tan prosaico como permitirme sobrellevar con entereza mis días juveniles hasta encontrar un sentido y visión tremendamente personales ante la existencia. En tanto autora, la Fantasía me entregó las historias más memorables que he conocido, aquellas que cambiaron mi vida como lectora, niña y mujer; el hecho de decidir escribirlas yo también nace así tanto para rendirles tributo y agradecerles como por el deseo de llegar a crear algo tan significativo para otros como aquéllas lo fueron para mí.

Tengo la impresión de que otro de los factores por los que no se llevan a cabo análisis literarios o aun visiones apasionadas en Chile de las obras de Tolkien o de las obras de Fantasía en general, es porque a muy poca gente importaron e importan hoy en día de una manera realmente personal y significativa. ¿Y qué sería de la Fantasía si no puede ser vivida como una experiencia personal y significativa en el imaginario de cada lector? La realidad, sus enigmas y desvaríos están siempre presentes en nuestras vidas, de una forma u otra, pero la Fantasía sólo puede existir en la medida en que la creemos… y creamos en ella. Y esa convicción, esa esperanza, es algo que no tiene nada que ver con ejercicios académicos mediocres o lecturas superficiales que se abandonen u olviden a los pocos años. De una manera similar a Tolkien, cada vez estoy más convencida de que la Fantasía no es tanto un subgénero narrativo temático con determinadas características como algo que trasciende incluso nociones literarias de este tipo. 

Para mí, la Fantasía es prácticamente una forma de vida, algo por lo que vivir y, sin duda, por lo que morir. No podría pensar en ella como una excusa para creerme la “heredera de Tolkien” o “la Le Guin chilena” porque me importan demasiado las historias que pueda contar del Reino Peligroso, Faërie o Elfland como para anteponerles una proyección falsa y ególatra de mí misma como autora joven e inexperta. 

Pero el ego, por supuesto, siempre estará presente. Una de sus expresiones podría considerarse, por cierto, la redacción de este texto. ¿Quién soy yo para desestimar otras visiones en torno a la Fantasía? Pues alguien para quien ésta no es sólo su pasión, sino uno de los pilares de su vida. Simplemente, no puedo soportar que, existiendo tantas posibilidades de lectura, los análisis se sigan centrando en unos cuantos aspectos reiterativos mal encauzados, que poco y nada logran discutir en torno a la Fantasía propiamente tal. En realidad, ni siquiera merecerían ser considerados “visiones en torno a la Fantasía”, porque simplemente la desprecian, ignoran o anulan. 

Aun así, estos intentos truncos de análisis pueden ser aceptables a su manera, desde luego, pero se hacen insuficientes al momento de centrarse en todo el potencial estético de la Fantasía. A mí no me importan los alcances que pueda tener El Señor de los Anillos con algún conflicto o elemento específico de nuestro mundo, sino las experiencias universales y atemporales que en su aplicabilidad puedan ser válidas para cualquiera de nosotros, para cualquier evento de nuestra vida personal.

Al respecto, siento que es parte de mi responsabilidad como lectora y Fantasista escribir aquel análisis u homenaje que considero estos autores, y sobre todo el propio Tolkien, se merecen por los mundos que lograron crear y por el efecto que estos tuvieron en la humanidad. Por el efecto que estos tuvieron en mí. Porque acaso una de las expresiones más perdonables de mi ego como lectora y autores es el deseo sincero y encendido de lograr, algún día, concebir una obra digna de dialogar con aquellas que tanto me han emocionado y conmovido.

A la espera de ese momento, si es que llega, no puedo sino entregarme a la defensa de esos universos que tanto significan para mí y que son el pilar de los míos. Sin alegorías, sin excusas baratas, sin cobardías: yo creo en los dragones y no voy a permitir que me devoren desde adentro, ni menos a aquellos mundos a los que me he consagrado, así tenga que seguir arrojándole palabras a gente que no sabe leer. 

Porque yo creo en la Fantasía y la amo, Profesor, y en gran parte debido a usted y lo que hizo con ella, desde ella, por ella. Por ello, sólo puedo decirle, antes de que vaya a su encuentro desde los Puertos Grises, una sola cosa: Gracias.




Referencias bibliográficas

Tolkien, J. R. R. Foreword to the Second Edition. [Prólogo, 1966]. En The Lord of the Rings. Boston: Houghton Mifflin, 2012. [Puedes leer este texto en inglés aquí, subido por mí]

Tolkien, J. R. R. Sobre los cuentos de hadas. En Cuentos desde el Reino Peligroso. Santiago de Chile: Planeta, 2010.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Ensayo: Importancia de J.R.R. Tolkien como autor de Fantasía (I)

A propósito de los cuarenta años de la muerte de J.R.R Tolkien, sorprende que en Chile no se hagan lecturas literarias de su obra. En este ensayo de 2 partes, criticaré la lectura alegórica y lo analizaré como autor de Fantasía, valorando su importancia en mi formación.

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Hace ya varios días se cumplieron 40 años de la muerte de J.R.R Tolkien, considerado casi unánimemente como el padre de la Fantasía moderna para los entusiastas y estudiosos del género, y como EL autor de Fantasía para los legos.

A propósito de este acontecimiento, diversos espacios le dedicaron notas tanto a la figura de autor de Tolkien como a su vida personal, intentando en ocasiones algunos alcances interpretativos a su obra más reconocida, El Señor de los Anillos, originalmente concebida como una sola historia pero publicada en tres libros por criterios editoriales. Conviene recordar que la mayoría de estos sitios no es especialista ni en la Fantasía ni en literatura, de modo que sus artículos tienen un carácter más bien divulgativo, orientado a gente que probablemente sólo conoce el trabajo de Tolkien a través de las películas de Peter Jackson y que posee nociones muy sencillas de su historia e imaginario.

El propósito anterior, sin duda, me parece loable. Me parece también razonable esperar incoherencias o superficialidades en estos textos, pues el universo narrativo y personal de Tolkien es tan enorme como la propia Tierra Media. No ha de resultar fácil para nadie, ni siquiera un académico especializado en su obra o un lector avezado de Fantasía, realizar un análisis que al mismo tiempo sea comprensible para el lector casual y a la vez lo bastante profundo como para ahondar su esencia.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte me he venido encontrando con una tendencia que ya no me parece curiosa, sino hasta perjudicial para la comprensión de la Fantasía, sobre todo considerando este propósito de difusión al que me referí antes. Esta tendencia no es otra que la insistencia en leer la Fantasía, y en especial El Señor de los Anillos, bajo una interpretación alegórica. En otras palabras, leer estas obras no desde su especificidad estética, sino haciendo en ellas una lectura historicista o buscando en ellas paralelos socioculturales con nuestra propia realidad, principalmente basándose en la experiencia personal de Tolkien en la Primera Guerra Mundial, en sus visiones sobre la Segunda Guerra y en el análisis del conflicto de clases o los efectos de industralización.

Concuerdo en que existen múltiples formas de acercarse a una obra literaria y que todas pueden ser válidas en la medida en que sean bien respaldadas teórica y argumentalmente. Sin embargo, y al margen que personalmente considere que esos estudios nunca han sido fundamentados más allá que en la urgencia de sus autores para sostener sus antojadizas convicciones a toda costa, me encuentro con que se aprecia un incomprensible desinterés en leer a Tolkien como lo que es: un autor de FANTASÍA.

¿Por qué? Se me ocurren unas cuantas razones, todas entrelazadas de alguna forma entre sí. Las enumeraré a continuación:

1-. ¿Fantasía? ¿Qué es eso?

El desconocimiento generalizado hacia los rasgos constitutivos del género, tanto como esencia como estética literaria. 

2-. ¿Pero no que Fantasía y Ciencia Ficción forman parte de la literatura fantástica? ¿Ah?

La recurrente confusión entre Fantasía y Ciencia Ficción, las que a pesar de poder ser leídas y estudiadas en conjunto en una categoría mayor gracias a las características que comparten, presentan imaginarios que deben ser diferenciados. 

3-. ¿Fantasía? Ah, esos best sellers juveniles. Yo sólo leo a [inserte nombre de escritor “enredado”, de esos que se hacen leer en la universidad y que le encantan a los académicos por razones que ni ellos entienden]

El desinterés e ignorancia de académicos, principalmente en el ámbito hispánico, hacia la Fantasía como objeto de estudio desde la teoría literaria, acaso por la escasa calidad de las obras del género en español y por la predominancia estética y cultural de lo fantástico.

4-. ¿Fantasía? Bah, eso es para pendejos. Yo alucino con [inserte nombre de escritor de moda, probablemente publicado por Tusquets o Anagrama, o de escritor chileno cuya obra gira en torno a la dictadura y/o lo marginal]

El desinterés e ignorancia de parte del lector snob/callejero, que ve la Fantasía como un género menor, que no se atreve a experimentar formalmente con las estructuras para adecuarse a lo posmo, ni entrega una visión comprometida político-sociocultralmente.

En suma, podemos sintetizar estas razones en lo siguiente: las personas, en general, presentan una ignorancia tremenda hacia la Fantasía, lo que les hace anidar prejuicios hacia ella. La consecuencia de estos prejuicios provoca que, al verse enfrentadas de pronto a la lectura o comentario crítico de una obra del género, tengan que recurrir a interpretaciones que consideren más válidas.

¿La Fantasía es nos parece una cosa pendeja y escapista? Ya me imagino la reacción de algunos: «Entonces analicémosla desde un enfoque que demuestre que no es así, que tiene conexiones con nuestro mundo, perdón, con aquello que es más importante en nuestro mundo, las convenciones culturales, la política, la lucha de clases, las teorías de género y lo políticamente correcto. Si se ve un poco forzado, no importa; si a fin de cuentas un análisis literario aguanta cualquier cosa, ¿verdad? Teoría de la recepción, mijo': eso de que hay que considerar la orientación estética original del autor está out!».

El problema de esta forma de pensar es que no sólo se trata de una falacia muy triste, sino también de una afrenta a la Fantasía. Y toda afrenta a la Fantasía, para mí, es una afrenta personal.

Este es el motivo por el cual decidí escribir un texto que sirviera a la vez como una suerte de discreto homenaje personal a Tolkien y como un artículo que redimiera el vacío interpretativo chileno de su obra desde un punto de vista estrictamente literario, acaso el único realmente relevante. Por supuesto, y parafraseando desvergonzadamente al Profesor, este texto “grew in the telling”; así, de ser una simple columna se convirtió en un ensayo (no académico) de casi 6.000 palabras. Por sugerencia de mis amigos, y en consideración al habitual desinterés de los lectores virtuales de leer un texto relativamente extenso que exponga pensamiento crítico, he optado por dividirlo en dos partes

Por consiguiente, la primera parte de este ensayo se dedicará a demostrar, por un lado, que El Señor de los Anillos jamás tuvo intenciones alegóricas en su concepción por parte del propio Tolkien. Por otro lado, intentaré explicar por qué las lecturas alegóricas de esta historia, si bien legítimas, son completamente irrelevantes e insuficientes en sus aristas más habituales: las sociohistóricas y las religiosas.

La segunda parte de este ensayo se abocará, en primer lugar, a diferenciar dos conceptos que analizó Tolkien y que aun hoy son lamentablemente confundidos al momento de estudiar sus obras: la alegoría y la aplicabilidad. En segundo lugar, me remitiré a aquellos aspectos que en principio Tolkien acuñó como parte de sus estudios sobre los cuentos de hadas, pero que podrían entenderse como parte de una poética literaria para la Fantasía como la reconocemos hoy. En último lugar, a partir de lo anterior, me dedicaré a explicar por qué todos estos factores son importantes para mí tanto como lectora como autora de Fantasía.

De este modo, no queda sino comenzar con aquello que resultó ser uno de mis principales estímulos al momento de decidirme a escribir esto: mi desprecio por la lectura alegórica, sobre todo si se aplica a la Fantasía. Sobre todo si se aplica a Tolkien.

Odiamoss la alegoría, mi preciosso… Sssí, la odiamosss...

Yo odio la alegoría, y eso está bien; es mi lectura personal. Tolkien odia la alegoría también, mira qué coincidencia… ¿Y…? 

¿Por qué sería importante considerar la visión personal del autor en torno a su propia obra? Es cierto que desde el momento en que ésta se escribe y publica ya no le pertenece sólo a quien la ha creado, entregándola libremente a la lectura del público interesado, que no tiene por qué coincidir en el sentido que le pueda asignar. Sin embargo, si consideramos que Tolkien no sólo es un escritor de Fantasía, sino también un académico, y en última instancia un lector sagaz y un autor con un proyecto creador de magnífica envergadura, creo que es conveniente prestarle atención a sus opiniones al respecto.

A continuación expondré algunas citas del propio Tolkien en relación con la alegoría, extraídas de su prólogo a la segunda edición de El Señor de los Anillos. La traducción será personal, así que probablemente quede bastante tiesa; espero, no obstante, que baste para su comprensión:

I should like to say something here with reference to the many opinions or guesses that I have received or have read concerning the motives and meaning of the tale. The prime motive was the desire of a tale-teller to try his hand at a really long story that would hold the attention of readers, amuse them, delight them, and at times maybeexcite them or deeply move them. As a guide I had only my own feelings for what is appealing or moving, (...).

[Me gustaría decir algo aquí sobre las diversas opiniones o suposiciones que he recibido o leído respecto a los motivos y sentidos de la historia [El Señor de los Anillos]. El principal motivo fue el deseo de un narrador de probar su mano en una historia realmente larga que mantuviera la atención de los lectores, sorprendiéndolos, maravillándolos y a veces también entusiasmándolos o conmoviéndolos profundamente. Como referencia conté sólo con mis propios sentimientos respecto a lo que yo consideraba atractivo o conmovedor (…)].

Es decir, todas aquellas interpretaciones que afirman que Tolkien se habría inspirado en el contexto sociohistórico particular que estaba viviendo hacia la escritura de El Señor de los Anillos, no tienen ningún asidero ni sentido. Convengamos en admitir que todo autor, lo quiera o no, está influenciado de alguna forma por el contexto en el que le ha tocado vivir, pero esto no tiene nada que ver con la intención u ocurrencia misma de crear una historia. En pocas palabras, Tolkien mismo jamás se propuso abordar la contingencia sociohistórica a través de El Señor de los Anillos, sino "sólo" aspirar a una de las formas más nobles y paradójicamente más vapuleadas actualmente de la literatura: contar una buena historia.

Alguien podría decir que quizá esto es válido al momento de verse poseído por el furor de inspiración inicial, pero que en el desarrollo, tal vez, Tolkien comenzó a preocuparse por dotar su "inocente" historia de mayor "densidad", entregando lo que se suele identificar graciosamente como "mensaje" literario. Pero nada más lejos de la realidad:

As for any inner meaning or 'message', it has in the intention of the author none. It is neither allegorical nor topical. As the story grew it put down roots (into the past) and threw out unexpected branches (...).

[Y en cuanto a cualquier significado interno o "mensaje", [la historia de El Señor de los Anillos] no tiene intención alguna del autor. No es ni alegórica ni versa sobre lugares comunes. Al crecer la historia, enterró raíces (al pasado) y liberó inesperadas ramificaciones.]

Reitero (subráyese, anótese, archívese): LA HISTORIA DE EL SEÑOR DE LOS ANILLOS NO ES ALEGÓRICA… Al menos no desde el punto de vista de su propio autor al momento de crearla, ni se presta naturalmente a este tipo de interpretaciones. 

Es más: “I cordially dislike allegory in all its manifestations”. [Me desagrada profundamente la alegoría en todas sus expresiones].

Ante el caso del contexto particular que Tolkien tuvo que vivir, principalmente el de la Segunda Guerra Mundial, el Profesor también tuvo algunas palabras que decir. Básicamente, que no existe ninguna relación entre este conflicto bélico y aquel que se sostiene entre Sauron y los habitantes de la Tierra Media, sobre todo porque la concepción de su historia fue anterior al estallido de la guerra.

¿Y qué pasa entonces con todos esos puntos de concomitancia que algunos se han esforzado tanto en exponer para tender un puente entre El Señor de los Anillos y los horrores de la guerra? Tolkien, que ya en su tiempo tuvo que lidiar con varias de esas interpretaciones, se dio el lujo de entregar argumentos de por qué este tipo de lecturas estaría incorrecto, al ser incapaz de sostenerse racionalmente. A grandes rasgos, el autor se basa en el supuesto paralelo entre la Guerra del Anillo y la Segunda Guerra Mundial para plantear la siguiente pregunta: si efectivamente existiera un correlato fidedigno entre ambos conflictos, ¿por qué no se usó el Anillo en contra de Sauron? 

Puesto que si nos atenemos a una lectura íntegramente alegórica, sin duda que el Anillo representaría la bomba atómica, ¿no? Como objeto de poder supremo que determinaría la victoria y derrota entre las facciones enfrentadas, por ejemplo. Y sin embargo, éste jamás se utiliza con esos propósitos. Es cierto que Frodo y Sam se lo calzan en más de una oportunidad, pero ante todo para salvar sus propias vidas y cumplir así con las misión de llevarlo a su destrucción. De hecho, aunque la ocurrencia de usar para fines defensivos al Anillo se presenta en algunos personajes como Boromir, la propuesta es inmediatamente descartada al asumir que se trata de un poder que no debiera ser empleado, ni siquiera por fines motivos bienintencionados. 

El propio Boromir da cuenta de hasta qué punto el efecto indirecto del Anillo puede perjudicar aun a personas de noble espíritu. En cuanto al efecto de aquél en los hobbits, se da a entender que su influencia es tal que prácticamente no es posible desentenderse del todo de ella, como lo demuestra el hecho de que Frodo parta de los Puertos Grises para no retornar más a la Tierra Media.

Las razones anteriores permitirían confirmar que El Señor de los Anillos no tiene nada que ver con la Segunda Guerra Mundial, pero tampoco con algún otro conflicto bélico de nuestro mundo, pues no hay una correspondencia directa de aquellos aspectos que podrían considerarse fundamentales para vincular ambos contextos. Es más: lo que motiva la mayoría de estos son intereses políticos y económicos. En cambio, la pugna contra Sauron tiene más que ver con un enfrentamiento de naturaleza mítica que afecta todas las razas y naciones de la Tierra Media, amenazando, en última instancia, por completo dicho mundo. 

En ese caso, quizá podría plantearse que la obra está más cerca de lo religioso, pero una vez más se encontrarían reparos: ¿dónde estaría Dios o su equivalente divino en esta historia? Pues si leemos a Sauron como el diablo o como entidad maligna/oscura/etc., tendría que existir su contraparte, ¿verdad?

Pues bien, la presencia de Ilúvatar como Creador es conocida ante todo por El Silmarillion, pero en El Señor de los Anillos no tiene un rol explícito. En realidad, son precisamente las criaturas "menores" las que tienen la responsabilidad de proteger su mundo, y curiosamente el peso recae principalmente sobre las mortales (seres humanos, enanos, hobbits).

¿Pero y entonces...? ¿Es que El Señor de los Anillos —y, por extensión, la Fantasía— no tiene asidero alguno a nuestra experiencia real? Por supuesto que no; claro que lo tiene. Es sólo que esta vinculación no se presenta a través de eventos contingentes o enmarcados en determinado periodo sociohistórico de nuestro mundo. ¡Al fin y al cabo, la Fantasía no existe! Sin embargo, justamente por esta razón, ésta va más allá de estas circunstancias particulares y se nutre y florece a partir de nuestra esencia como seres humanos y todos aquellos conflictos, inquietudes y desafíos que, como especie, hemos venido desarrollando sin respuesta absoluta desde nuestro origen, sin importar época, edad, sexo, cultura o cualquier otro condicionante similar.

El Señor de los Anillos no es un correlato de la Segunda Guerra Mundial ni de ninguna otra, reitero, sino una expresión estética de lo que significa que tu mundo esté amenazado por una fuerza de poder inimaginable, que te haga experimentar el límite de lo que significa estar vivo. Todo cuando se dijo, proclamó o firmó en pos de la paz luego de la Primera Guerra Mundial fue una mentira que se reveló alrededor de 30 años después, con el estallido de la Segunda Guerra; todo parece indicar que no estamos demasiado lejos de una Tercera. 

Una obra de pretensiones alegóricas respecto a estos eventos tendría forzosamente que redundar en esta visión pesimista: el ser humano está condenado; aunque existan iniciativas que abogan sinceramente por la paz, son demasiado débiles o reducidas en su alcance como para crear un cambio significativo que nos salve. Ahora bien, ¿se destruye la Tierra Media? ¿Termina El Retorno del Rey con un lloriqueo nihilista ante la insoportable levedad del ser? Por supuesto que no. ¿Se trata su desenlace de un final feliz, en el que todos cantan y bailan y se restablece a la perfección el orden perturbado? Menos aún. Les recuerdo que Frodo asume que ya no podrá volver a la Comarca, sintiéndose desplazado como si ésta ya no le perteneciera, y que, junto a otros, debe partir desde los Puertos Grises rumbo a La Costa Más Lejana, parafraseando estéticamente a Le Guin. 

¿De qué se trata entonces todo esto? En otras palabras, si El Señor de los Anillos, en su magnífica complejidad, desborda y hace insuficiente la lectura alegórica, ¿de qué forma sería más orgánico leerla en tanto obra literaria? ¿Significa algo que sea una obra de Fantasía? ¿Significa algo en términos estéticos? Desde luego que sí. Eso será el eje de la próxima entrada, intentar demostrar críticamente algo que debería ser, casi por dignidad lectora, el principal análisis para cualquier autor de Fantasía, y más aún para Tolkien: el literario.

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Referencias bibliográficas

Tolkien, J. R. R. Foreword to the Second Edition. [Prólogo, 1966]. En The Lord of the Rings. Boston: Houghton Mifflin, 2012.